Revista cultural de la Biblioteca del IES Arjé



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martes, 25 de enero de 2022

Los Machado


Manuel Machado, poeta maldito por diversos motivos
Sabemos de su infancia sevillana de patios y huertos claros donde maduraban limoneros, pero sabemos bastante menos de su juventud bohemia entre Madrid y París, a la que los hermanos Machado se entregaron sin reservas. Y entre tablaos, tertulias, cabarets y botellas de absenta, Manuel (1874-1947) y Antonio (1875-1939)  entraron en la revolución modernista en la que, sobre todo Manuel, llegó a tener un destacadísimo papel, con títulos como Alma (1902) o, especialmente, El mal poema (1909), quizá la mayor aportación en español al malditismo finisecular y libro en el que, con lenguaje prosaico y barriobajero, el mayor de los Machado exploró el personaje de canalla, chulo y reinón del arrabal, que al parecer no era:

Yo, poeta decadente,
español del siglo veinte,
que los toros he elogiado,
y cantado
las golfas y el aguardiente...,
y la noche de Madrid,
y los rincones impuros,
y los vicios más oscuros
de estos bisnietos del Cid:
de tanta canallería
harto estar un poco debo;
ya estoy malo, y ya no bebo

lo que han dicho que bebía...

La muerte primero de su padre, el folcklorista conocido como "Demófilo", y después de su abuelo, el catedrático de historia natural y rector de la Universidad de Sevilla Antonio Machado Núñez, forzó la ruina familiar y el precipitado fin de la bohemia de los jóvenes, vividores y tarambanas sin oficio hasta entonces. No les quedó más remedio que echar mano del idioma francés, que era el habitual de sus farras, para ganarse la vida: Antonio se preparó unas oposiciones a profesor de francés en Instituto y Manuel se convirtió en el más reputado traductor de Verlaine de nuestro país. El cambio de aires, el choque con la cruda realidad de España, trasformó a los dos hermanos, aunque en sentidos diferentes: Antonio, destinado a un instituto en Soria, adonde hubo de acudir en burro, sorteando riscos y pedregales, descubrió no sólo la frialdad castellana sino también el hambre y la miseria y la profunda cicatriz de las desigualdades sociales, que son la base de su mejor poemario: Campos de Castilla (1912), escorado muy a la izquierda de la Generación del 98. En él, las lecciones del simbolismo se conjugan con el prosaismo, la denuncia y la intuición de las dos Españas a las que veía abocarse al fraticidio:

Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta
-no fue por estos campos el bíblico jardín-:
son tierras para el águila, un trozo de planeta
por donde cruza errante la sombra de Caín.


Última fotografía de Antonio Machado
demacrado y exhausto, en la frontera de Francia
En Campos de Castilla Antonio Machado también denunció implacable la España de charanga y pandereta a la que, por su parte, aún seguía cantando su hermano Manuel en libros como Cante Hondo, o Sevilla, llenos de versos empecinados en construir los tópicos andaluces que tanto daño iban a hacer a esta tierra (Cádiz, salada claridad; Granada,/ agua oculta que llora... y todo ese atrezzo tercermundista). 
De hecho, Manuel, a medida que asentaba la cabeza convirtiéndose en director del Museo Histórico Municipal de Madrid, después de otro hito memorable (Ars Moriendi, 1921), se lanzó de manera descarada hacia el cerrado y la sacristía de los devocionarios y la poesía religiosa, que fue la que cultivó a partir de entonces. 
No obstante, ambos hermanos siguieron llevándose bien y componiendo incluso obras de teatro al alimón (La lola se va a los puertos, 1929). Los dos saludaron con entusiasmo la República, pero la década de los treinta, que acabó por quebrar al país, se representó vivamente en la propia familia Machado: mientras Antonio renunciaba a la poesía, por inocua, y se entregaba a la filosofía y al periodismo combativo (los fabulosos artículos recogidos en Juan de Mairena), la devota poesía monástica de Manuel acabó seduciendo a la rama española del fascismo, que lo corteja sin descanso (Pemán, Eugenio d´Ors y hasta el mismo José Antonio lo admiraban). De manera que, en la vorágine salvaje de sangre y vanidades de la Guerra Civil, Manuel Machado es nombrado miembro de la Real Academia (Enero de 1938) y hasta escribe un soneto al sable del caudillo y otro a la sonrisa del fundador de la Falange. 
No tan cómoda como Manuel con la situación política, el resto de la familia Machado inicia una peregrinación al exilio pasando por Valencia y Barcelona hasta llegar a Colliure, ya en Francia, donde muere Antonio y se convierte en símbolo de los españoles del éxodo y del llanto. Tres días después también allí  moría su madre que, en la confusión de su demencia, pensaba que se dirigían a Sevilla, lejana ciudad de aquellos días azules y el sol de infancia a los que hacía referencia el arrugado papelillo que encontraron los servicios funerarios en el pantalón de Antonio Machado, esbozo de su último, optimista poema. 
Antonio Machado visto por su hermano José

Las crónicas machadianas al uso por lo general olvidan al tercero de los hermanos, el pintor José Machado Ruiz (1879-1958) que, además de la excelente crónica familiar titulada Las últimas soledades de Antonio Machado (1940), hizo en el exilio chileno el grueso de una obra pictórica apenas conocida en una España, la nuestra, que, envuelta en andrajos, desprecia cuanto ignora.

jueves, 3 de junio de 2021

Los Mann

 

Alemania cuenta con dos familias de gran importancia dentro de la cultura universal: por un lado, los Bach, la estirpe de la música más extendida a lo largo de la historia, y por otro, los Mann, prolífica familia de intelectuales, escritores y artistas. Como esta sección del Arjé Magazine está dedicada a las familias literarias, nos centraremos en los Mann, pero qué interesante sería abrir una sección de sagas de músicos.

La historia de la familia Mann, -comerciantes, intelectuales y literatos-, se remonta al siglo XV en Núrember, para posteriormente trasladarse en el siglo XVIII a Lübeck, ciudad en la que nacieron los hermanos Heinrich y Thomas. Sus padres fueron Thomas Johann Heinrich Mann, acaudalado propietario de una empresa dedicada al comercio de cereales y Julia da Silva-Bruhns, nacida en Brasil de padre alemán propietario de plantaciones y de una brasileña criolla. De ellos, les viene a Thomas Mann sus aptitudes: de su padre “la seriedad en la conducta” y de su madre “la naturaleza jovial, es decir, la inclinación hacia el arte y lo sensible, y el gusto de fantasear”. Suponemos que la influencia del carácter paterno fue más determinante en su viaje por España al afirmar en Relato de mi vida, que le gustó y le resultó más interesante Castilla que Andalucía.

El mayor de los hermanos, Heinrich fue, según su hermano, unos de los novelistas más destacados de su generación. Como hijo de la alta burguesía tuvo una vida acomodada hasta la llegada del nazismo, que lo declararó persona non grata por su acérrima oposición al mismo, por lo que tuvo que huir del país, escapando primero a Francia y después, atravesando los Pirineos, entrar en España. Finalmente, con la ayuda de la red de rescate dirigida por Varian Fry, llegó a Estados Unidos.

Además de novelas, Heinrich Mann publicó antes de la 1ª Guerra Mundial el ensayo Zola, y en él presentaba al novelista francés como un abogado de la civilización frente a aquellos que, en su empeño por convertirse en escritores nacionales, preparaban el terreno para la catástrofe. Este ensayo fue el inicio del enfrentamiento con su hermano, ya que Thomas Mann consideró que la argumentación de su hermano era en gran medida un ataque personal en su contra por sumarse a los entusiastas de la guerra, a la que por cierto no fue porque el médico militar al que lo enviaron era un lector apasionado de sus libros y recomendó que debía quedar en paz y no ir a la guerra. Dicha catástrofe ya la predijo Heinrich Mann en su novela El súbdito, que terminó en 1914 pero que no pudo publicar hasta 1918. Considerada por Bertold Brecht como la primera novela satírico-política de la literatura alemana, en ella su autor intenta hacer pública y comprensible, por medio de la sátira y la parodia, la formación del súbdito ideal deseado por el poder totalitario, y la de denunciar su sistema, su origen, su funcionamiento y sus consecuencias. Argumento con vigencia en la actualidad con el experimento totalitario que están llevando a cabo los gobiernos suspendiendo el Estado de Derecho y fomentando súbditos (ciudadanos) ideales (que lo aceptan todo).

La obra por la que es más reconocido y que trasciende las fronteras de la cultura alemana y el momento en que transcurre la historia, es El profesor Unrat, -literalmente Mierda o Basura-, y en la que se basó Josef von Sternberg para su película El Ángel Azul. Basura era el mote con el que era conocido por varias generaciones de estudiantes e incluso sus mismos colegas se lo aplicaban fuera del Instituto. El apodo se lo pusieron a causa de su descuidada figura y por la semejanza fonética entre su apellido Raat y el mote Unrat. Heinrich Mann pone de relieve en su obra el drama de un hombre maduro que se ve de pronto perdidamente enamorado de una muchacha que, además de pertenecer a una condición social inferior a la suya, se dedica a actividades que son duramente censuradas por la sociedad de la época. Por su antibelicismo, sus ideas avanzadas, esta novela que plantea el leit-motiv de la búsqueda del placer en sitios alejados del mundo académico y por la influencia de profesores como Dequit de Historia y Nogueroles, profesora de francés, con los que nos reuníamos un grupo de bachilleres en la tertulia del Canaletas, es por lo que preferíamos a Heinrich en lugar del supraburgués Thomas Mann.

Thomas Mann, cuatro años menor que su hermano Heinrich, es autor de algunas obras imprescindibles de la literatura universal y, según la prensa de su país, la personalidad alemana más conocida del siglo XX, por delante incluso del abominable hombre cuyo apellido empieza por H. Ya con 25 años alcanzó el reconocimiento de público y crítica con su novela Los Buddenbrook, por la que la Academia sueca consideró merecedor del Premio Nobel de 1929, aunque ya había publicado Muerte en Venecia y La montaña mágica. En Relato de mi vida, él mismo califica a Los Buddenbrook como “novela de familia”, en la que inserta su experiencia supraburguesa en un libro sobre burgueses, narrando el declive de una familia de comerciantes de Lübeck a lo largo de tres generaciones. En cambio, La montaña mágica es una novela entendida como “arquitectura de ideas”, y en ella el autor trata de manera profunda y meditada todo lo imaginable: la muerte, la enfermedad, el amor, la política, la medicina, en definitiva, todo lo que preocupa al ser humano.

Además de la ya mencionada Muerte en Venecia que narra el drama interior de un escritor maduro que acude a Venecia para recuperar su inspiración y que termina interesándose por un joven de gran belleza, destacamos otra magna obra: la tetralogía José y sus hermanos que recrea la historia bíblica de José. Como curiosidad, destacar que para el personaje de José se inspiró en un joven español del que quedó prendado y que era compañero de habitación de su hijo Klaus en un internado suizo.

Thomas Mann se casó con Katia Pringsheim, de familia de judíos convertidos al protestantismo y que hicieron una gran fortuna con la explotación de los ferrocarriles. Tuvieron seis hijos, tres chicos y tres chicas, y cuando toda la familia se tuvo que exiliar a Estados Unidos, la prensa norteamericana la definió como “amazing family”, sorprendidos por ver tantos dones concentrados en seres tan dispares solo unidos por la genética. Erika y Klaus, los mayores, nacieron con un año de diferencia y que, sin serlo, ellos se consideraron siempre gemelos. Hicieron todo lo posible para escapar del sambenito que persigue a los hijos de progenitores célebres y dejar su huella. Klaus Mann consiguió dejar su huella en el mismo ámbito que su padre. De sus obras, escritas la mayor parte en el exilio, destacamos Huida al Norte, novela construida sobre experiencias personales; Hijo de este tiempo, en la que el autor revive su infancia y juventud, llevando a cabo un pormenorizado retrato de la vida cotidiana en Alemania durante la 1ª Guerra Mundial y la república de Weimar; y sobre todo, Mefisto, una de las primeras novelas que trató la realidad del régimen nazi inspirándose en un personaje real, el actor Gustaf Gründgens, que llegó a ser Director General del Teatro durante El Tercer Reich, y fue amigo y amante suyo y marido de su hermana por un tiempo. En la novela asistimos a la progresiva corrupción y el oportunismo de un actor lleno de ambición que utiliza para satisfacerla la maquinaria nazi. Sobre esta novela Istvan Szabó realizó una magnífica película interpretada por Karl-Maria Brandauer. Su carrera literaria quedó truncada al suicidarse a los 43 años, ya que según aseguró su hermano Golo, “rara vez fue feliz, aunque su vida fuera intensa y creadora”. El suicido fue la gran tragedia de los Mann, acostumbrados a quitarse la vida generación tras generación.

La historia de esta familia tan relevante en el ámbito cultural europeo se llevó a la pantalla con la realización de la miniserie centrada en la figura de Thomas Mann titulada Los Mann: La novela de un siglo, y después de conocer más a fondo a algunos miembros de dicha familia, podemos afirmar que de las vidas de ellos podría salir a la luz otras tantas novelas.

 

lunes, 29 de abril de 2019

Los Singer


El primer contacto con la familia Singer lo tuve con el tercero de los hermanos, Isaac Bashevis, gracias a la colección de la Editorial Plaza & Janés sobre los premios Nobel de Literatura en edición de 1987 que disponía en la biblioteca paterna. Singer aparece en el tomo xvi junto a Neruda, Milosz y Canetti, y la obra escogida, Satán en Goray, fue su opera prima, publicada en 1936, el mismo año que su hermana Esther publica La danza de los demonios y su hermano Israel publica en Nueva York, Los hemanos Ashkenazi. Curiosa o asombrosa coincidencia. La concesión del Nobel en 1978 a Isaac B., tras el premio a Aleixandre, es un agradecimiento que hay que hacerle a la Academia Sueca por haber permitido que su obra fuera traducida en su totalidad a nuestra lengua. Satán en Goray, me llevó al resto de la obra literaria de Isaac Bashevis y fui disfrutando y comprobando cómo se inspiró en su propio mundo, el de los guetos judíos centroeuropeos y el de los exiliados en Estados Unidos, a la hora de escribir sus cuentos y novelas, que reflejan un mundo que dejó de existir y la descomposición del pueblo judío que se debate entre la tradición y la modernidad. Su obra está escrita en yídish, la lengua de los judíos askenazíes establecidos en Europa central y los países del Báltico. Este rasgo fue destacado también por la Academia Sueca al poner de manifiesto que lengua y nacionalidad no son sinónimos. Aunque nació en el pueblo polaco de Radzymin en 1904 – parece ser que nació en 1902 y que falsificó la fecha para librarse del servicio militar-, nunca empleó el polaco como lengua literaria, ni tampoco el inglés cuando consiguió la nacionalidad estadounidense. De esta manera, y con las maravillosas traducciones del yídish original realizadas por Rhoda Enelde y Jacob Abecasis, fui devorando tal como las iba consiguiendo obras como La familia Moskat, El esclavo, Shosha, Escoria, La casa de Jampol, Krochmalna nº 10, Sombras sobre el Hudson, todos sus relatos entre los que destaco por ser antológicos, “Un amigo de Kafka” y “El Spinoza de la calle Market”, hasta que llegué a su autobiografía, Amor y exilio, con la que tuve conocimiento del resto de la familia Singer. La obra arroja, desde la primera hasta la última página, luz sobre la vida de Isaac Bashevis y su familia, y abarca desde el final de la Primera Guerra Mundial hasta el Nueva York de los años treinta y cuarenta, adonde emigra en 1935 ayudado por su hermano Israel, cuando comenzó a vislumbrar el peligro real del nazismo al contemplar en primera persona el creciente antisemitismo en forma de progromos. El padre, Pinjas Mendel Singer, hijo y nieto de varias generaciones de rabinos jasidim, fue un hombre de corazón más que de cerebro. Confiaba en las personas, y su ingenua fe en Dios, nunca cuestionada, en la Torá y en los grandes hombres santos, no conocía límites. Esta enseñanza se la inculcó a su hijos, de los que solo el pequeño Moshe, siguió sus pasos. La familia se trasladó en 1908 a un humilde piso de la calle Krochmalna de Varsovia, en un entorno donde no faltaban el hampa y la prostitución, y que tuvo una incidencia decisiva en la trayectoria que en los años siguientes habría de seguir cada uno de sus hijos. Israel, tras acaloradas discusiones con su padre, se despegó por completo de la tradición religiosa y huyó del ámbito familiar, primero para encontrar acogida en el estudio de un pintor, y más adelante para incorporarse al periodismo y a los círculos literarios de la capital. Emigra finalmente a los Estados Unidos en 1934, donde publicaría la ya mencionada Los hermanos Ashkenazi y la magistral La familia Karnowsky. Murió con tan solo 51 años de un ataque al corazón en Nueva York. Isaac, menos rebelde que su hermano mayor, mientras estudiaba en la yeshive, absorbió de él su interés por la literatura y sus conocimientos, y aprovechó esos años infantiles para escuchar y grabar en su memoria las jugosas historias y enredos judiciales, envueltos en ingenua fe religiosa y supersticiones, a los que asistía oculto tras la puerta del despacho rabínico de su padre. Años más tarde los trasladaría a su obra literaria. En cuanto a Esther, dotada de una gran inteligencia y con aspiraciones intelectuales que se vieron frustradas sobre todo por ser mujer en el seno de una familia jasidim, su vida tuvo un súbito desenlace: sus padres aceptaron la propuesta de un rico predicador que buscaba una muchacha de familia judía devota para esposarla con su hijo, residente en Amberes, donde trabajaba como tallador de diamantes. En pocos meses, y sin conocerse, los padres acordaron el enlace y lo celebraron en Berlín. Esta descabellada idea, si al principio produjo el rechazo de Esther, enseguida se tornó a sus ojos en una luz de esperanza para un cambio en su vida y que con el tiempo fue lo que la libró de los campos de exterminio nazis, en los que murieron la madre y el menor de los hermanos. Isaac Bashevis se inspiraría en su hermana para crear la figura de Yentl en su obra homónima, en la que se basó la película de Barbra Streisand. Para su hermano, Esther Kreitman era una estupenda escritora y prueba de ello es su novela La danza de los demonios, todo un acierto al contar la infancia con ojos de niña y la madurez con ojos de adulta.

Se trata sin duda, de una familia de grandes fabuladores y si destaca Isaac B. es por su dilatada vida que le llevó a escribir tantos libros que ni él mismo los tenía contabilizados; se calcula que no deben andar muy lejos del centenar. La muerte prematura de Israel y el ser mujer judía en el siglo xx de Esther impidieron enriquecer el legado de la familia, que, por cierto, el apellido original en yidis es Zinger, y ellos lo transformaron en Singer.
 (Por el Dr. Montero)

domingo, 28 de enero de 2018

Los Baroja


               Me comenta el bibliotecario mayor del reino que las dimensiones de la torre podrían incrementarse hiperbólicamente si incluyéramos en ella un espacio para familias literarias, sagas históricas en el mundo de las palabras, como los Mann, los Singer, los Goytisolo, o los Panero. Familias que, de un modo u otro hacen bueno aquello con lo que Tolstoi comenzó su Guerra y Paz: “Todas las familias felices se parecen; las infelices lo son cada una a su manera”.
Y no se me ocurre una inauguración mejor para esta serie que los Baroja, familia disfuncional donde las haya, de cierta excentricidad y carácter algo difícil, unos por timidez y otros por estilo, como dijo de ella su mejor cronista, Julio Caro Baroja, el último mohicano de aquella saga. Y lo es sobre todo porque los Baroja, viviendo al margen de España, por falta de acomodo físico incluso con la gente, eran a su manera españolísimos, desde su bisabuelo Rafael Baroja, aguerrido periodista afrancesado, que fundó en el País Vasco La papeleta de Oyarzun durante la guerra de la independencia y que fue liberal en medio de un país de absolutistas. Ganas de llevar la contraria…
El padre de los Baroja, Serafín, fue un itinerante ingeniero de minas, de muchos y muy sonoros apellidos vascos, que vino a matrimoniar con la italianísima Carmen Nessi, de rica familia de navegantes lombardos.  Tuvieron tres hijos: Darío (que murió adolescente, de tisis), Ricardo y Pío. Dieciséis años después nacería, al fin, la niña, Carmen, que acabaría casándose con un primoroso editor, Rafael Caro Raggio. Durante sus infancias, siguiendo los destinos de su padre,  peregrinaron entre San Sebastián, Bilbao, Madrid y Pamplona, donde el abuelo materno poseía una casa de Pensión barata, cuyos huéspedes acabaron nutriendo el imaginario de muchas de las novelas de Pío. Los veranos, eso sí, los pasaban en Vera de Bidasoa, en Itzea, donde adquirieron una casona que acabó convirtiéndose en emblema familiar.
El único que estudió algo, y aún a desgana, fue Pío (1872-1956), que acabó medicina en Madrid y llegó a ejercer algún tiempo en Cestona (Guipuzcoa), donde cogió mala fama de médico pesimista y cansino, además de antipático a más no poder. Desengañado de la profesión volvió a Madrid, donde su hermano Ricardo se había hecho cargo de una panadería “Viena Capellanes”, y aunque nunca trabajó allí, el negocio familiar dio para algunas bromas: “Don Pío es un novelista de mucha miga”, llegó a decir Rubén Darío. “Darío es un escritor de mucha pluma; se nota que es indio”, le repuso Baroja, malencarado. Como escritor Pío dio lugar a un adjetivo, “barojiano”, que viene a denominar todo lo que era “hipster” a principios del siglo pasado. Costumbrista, desaliñado, episódico, más dotado para la estampa que para el cuadro o el retablo, Pío fue prolífico y repetitivo, y quizá por su desapego por todo, incluso por lo importante, gozó de éxito y nombradía. Como todo le desagradaba, incluso la democracia, simpatizó con las dictaduras, primero la de Primo de Rivera, que mandó al exilio a Unamuno, y luego por la de Franco, de la que huyeron muchos de sus discípulos. La aparición de Comunistas, judíos y demás ralea (1938) no deja lugar a duda al respecto. Durante la posguerra, permaneció sobre todo en Vera,  en su casona, poniendo de moda la boina y las zapatillas de cuadros para andar por casa. La modernidad de lo rancio. Lo mejor de su obra, ya nadie puede dudarlo, son las novelas de aventuras juveniles, como Zalacaín o las Inquietudes de Shanti Andía, cuyos protagonistas derrochaban un entusiasmo por la vida que, en cambio, su autor racaneaba. De su obra mayor yo sólo salvaría La Busca, primera de la trilogía “La lucha por la vida”, muy influida, no obstante por la de Jules Vallès.

Las relaciones con su hermano no fueron mucho más fluidas que con las del resto de congéneres, aunque en este caso quizá influya el hecho de que, en cierto modo, Ricardo Baroja (1871-1953) sí fue el hombre de acción que Pío nunca pudo ser. Hermano tarambana de la familia y libertario mucho más allá de lo espiritual, Ricardo fue panadero, mozo en la fonda de su abuelo, bibliotecario, archivero, músico de calle, actor, ilustrador y tertuliano. Amante de emociones fuertes (perdió el ojo en una carrera de automóviles y ya siempre lució un parche) y un si es no es de subversivo (participó activamente en la Revolución de Jaca, como contó en el muy divertido Arte, cine y ametralladora), Ricardo fue amigo de Azaña, fundó la Asociación de Amigos de la Unión Soviética y fue el mejor pintor de nuestra Guerra Civil (casi 60 óleos bélicos). Como pintor, sobre todo por sus aguafuertes, muy en la línea del Goya expresionista, recibió la medalla de Oro de Bellas Artes, pero fue también escritor de mérito, con obras como Gente del 98 (donde analiza un tiempo en el que fue muy fácil nadar y guardar la ropa) y la desconocidísima y genial distopía humorística El pedigrée, irónica obra teatral sobre los peligros de la eugenesia y la creación de razas superiores, que en 1926 se anticipó tanto a la literatura como a la Historia. Por último conviene indicar que, pese a que las relaciones de Ricardo con su hermano Pío no fueron de lo más fetén, fue ilustrador y portadista de toda su obra literaria en la editorial Caro Raggio, propiedad de su cuñado, persuadida tal vez toda la familia de que si había un hueco en la Historia para algún Baroja, sin duda debía ocuparlo Pío.
Y sin embargo había Barojas para rato. La hermana Carmen, que fue la princesa de los Baroja, y también ocasional escritora, dio a luz a los dos infantes. El mayor, Julio Caro Baroja (1914-1995), criado a los pechos de su tío Pío, acabó siendo albacea y cronista familiar (Los Baroja aún desprende aroma de un tiempo ido), y acumulando los títulos y cátedras que sus tíos  nunca tuvieron, ganándose fama de sabio con títulos como Las brujas y su mundo, sobre la inquisición o Los judíos en la España moderna y contemporánea, de los que habló sin duda con más respeto que su tío el novelista. Por su parte Pío Caro Baroja (1928-2015), el benjamín de la saga, siguió más los pasos de Ricardo, eligiendo una vida menos quietista y académica que la de su hermano, y entregándose al cine como documentalista, guionista y hasta director, aunque incapaz de olvidar el legado familiar, pues convirtió en imágenes algunas obras de su tío como El mayorazgo de Labraz o La última vuelta del camino, que, en su caso, parece haber sido de ida y vuelta.