La historia literaria suele estar llena de autores olvidados por razones maliciosas y también por propia desidia, desinterés o voluntad deliberada. Es posible que en el caso de Eugenio Noel (1885-1936) comparecieran las dos circunstancias. Es cierto que Noel (bautizado como Eugenio Muñoz Díaz) es quizá el más auténtico, audaz, deslenguado y verdaderamente castellano del 98, esa Generación compuesta por autores que quisieron hacer de España su tema sin conocerla demasiado bien, quedándose a menudo en una plácida espiritualidad, en una cómoda "esencia" que no cuestionaba en realidad nada. A diferencia de ellos, Noel fustigó con denuedo las ranciedad de las costumbres, la glorificación de lo rural, la corrupción eclesiástica, los vicios de los grandes terratenientes, las miserables razones del colonialismo español y, en general, la perversión de los mitos nacionales. Tal vez por eso se le haya olvidado, porque dio demasiado fuerte y donde más duele. España jamás perdona a un desafecto (véase Larra), de manera que nuestro autor permanece en nuestra historia literaria de una manera más bien subterránea sino submarina, de tantas veces como ha querido ahogársele. Pero también es cierto que él no hizo tampoco demasiado por resistirse al naufragio: bohemio y alcohólico, antimonárquico y ácrata, Noel arrastra su premonitoria melena y su pobreza por los más infames tugurios de Madrid, escribiendo en servilletas y cintas de sombreros. Publica mucho, y a veces con éxito, en colecciones menores, de quiosco, escribe hasta la extenuación en la prensa obrera y funda revistas sin futuro. Vive en precario. Malbarata su talento y su descomunal cultura. No tiene método ni le interesa. Aprende en África, en Nador, las lecciones del hundimiento colonial (ningún miembro del "98" oficial lo hizo) y critica duramente en prensa al estamento militar y castrense. Viaja por toda España dando informales conferencias contra los toros, el flamenquismo y el folcklore como tapadera de la inmundicia nacional. Desprecia el boato eclesiástico sin pelos en la lengua. Se enemista con las fuerzas vivas del país. Conoce a muchos escritores pero se niega a formar parte del "mundo literario". Es un "outsider" y ejerce de ello. Quiere despiezar la historia de España y no formar parte de su panteón de ilustres. Pero ninguna lectura interesada ni capciosa o malévola y ni siquiera el propio desdén del autor puede evitar que Las siete Cucas (1927), la única novela larga que escribió, sea una de las mejores novelas españolas del s. XX. La muy negra historia de las seis hijas y la mujer del Cuco, a las que las que la ruindad mezquina de un pueblo castellano arrastra a la prostitución, es todo un prodigio: de lenguaje (Noel es un autor cultísimo y alambicado, con igual conocimiento del lenguaje popular y del selecto, y con propensión a las digresiones culturales, como la impagable reflexión sobre las mujeres del Quijote que el padre Higuea hace a su Sacristán al comienzo del libro); de estructura (con un ineluctable aire de tragedia griega mezclada con picaresca y barroquismo) y de penetración psicológica (los entresijos de la mentalidad castellana, la hipocresía religiosa, las leyendas rurales, la miseria moral de los señores, el seguidismo ovejuno del pueblo...). Personajes como el tío Varetas, el corrupto alcalde; la Eladia, pitonisa oficial del pueblo, que lo "ve" todo en un barreño de agua sucia; Colás, el aprovechado pordiosero; la Catala y la Cheira, celestinas además de prestamistas y metomentodos oficiles del pueblo; así como las muy interesantes ricachonas y otros figurantes que merodean por la novela, le dan un inconfundible sabor a España profunda, de raíz feudal y destino catastrófico. Pero siendo obra que entronca directamente con los romances de ciego, Las Siete Cucas es también una novela muy contemporánea, muy "me too", en la que unas mujeres empoderadas urden una terrible venganza contra los rijosos señores para los que habían trabajado, contra las hipócritas señoras que las habían despreciado, contra el burdo entramado eclesiástico que las había condenado, contra el poder económico que las había sojuzgado; en definitiva contra todo un país, España, que vegetaba en anacrónicas glorias pasadas, sustentado en cínicos criterios morales, incapaz de adaptarse al mundo moderno. Noel, que era hijo de un pastor de Almendralejo y de una criada de la servidumbre de una condesa, sabía bien de lo que hablaba.
BIBLIOTECA DE RESCATE 2
Las Siete Cucas es el segundo título de la Biblioteca de Rescate y ya está disponible para los más atrevidos lectores de La Torre en los estantes de la del IES Arjé.
Revista cultural de la Biblioteca del IES Arjé
viernes, 1 de noviembre de 2019
lunes, 29 de abril de 2019
Los Singer
El primer contacto con la familia Singer lo tuve con el tercero de los hermanos, Isaac Bashevis, gracias a la colección de la Editorial Plaza & Janés sobre los premios Nobel de Literatura en edición de 1987 que disponía en la biblioteca paterna. Singer aparece en el tomo xvi junto a Neruda, Milosz y Canetti, y la obra escogida, Satán en Goray, fue su opera prima, publicada en 1936, el mismo año que su hermana Esther publica La danza de los demonios y su hermano Israel publica en Nueva York, Los hemanos Ashkenazi. Curiosa o asombrosa coincidencia. La concesión del Nobel en 1978 a Isaac B., tras el premio a Aleixandre, es un agradecimiento que hay que hacerle a la Academia Sueca por haber permitido que su obra fuera traducida en su totalidad a nuestra lengua. Satán en Goray, me llevó al resto de la obra literaria de Isaac Bashevis y fui disfrutando y comprobando cómo se inspiró en su propio mundo, el de los guetos judíos centroeuropeos y el de los exiliados en Estados Unidos, a la hora de escribir sus cuentos y novelas, que reflejan un mundo que dejó de existir y la descomposición del pueblo judío que se debate entre la tradición y la modernidad. Su obra está escrita en yídish, la lengua de los judíos askenazíes establecidos en Europa central y los países del Báltico. Este rasgo fue destacado también por la Academia Sueca al poner de manifiesto que lengua y nacionalidad no son sinónimos. Aunque nació en el pueblo polaco de Radzymin en 1904 – parece ser que nació en 1902 y que falsificó la fecha para librarse del servicio militar-, nunca empleó el polaco como lengua literaria, ni tampoco el inglés cuando consiguió la nacionalidad estadounidense. De esta manera, y con las maravillosas traducciones del yídish original realizadas por Rhoda Enelde y Jacob Abecasis, fui devorando tal como las iba consiguiendo obras como La familia Moskat, El esclavo, Shosha, Escoria, La casa de Jampol, Krochmalna nº 10, Sombras sobre el Hudson, todos sus relatos entre los que destaco por ser antológicos, “Un amigo de Kafka” y “El Spinoza de la calle Market”, hasta que llegué a su autobiografía, Amor y exilio, con la que tuve conocimiento del resto de la familia Singer. La obra arroja, desde la primera hasta la última página, luz sobre la vida de Isaac Bashevis y su familia, y abarca desde el final de la Primera Guerra Mundial hasta el Nueva York de los años treinta y cuarenta, adonde emigra en 1935 ayudado por su hermano Israel, cuando comenzó a vislumbrar el peligro real del nazismo al contemplar en primera persona el creciente antisemitismo en forma de progromos. El padre, Pinjas Mendel Singer, hijo y nieto de varias generaciones de rabinos jasidim, fue un hombre de corazón más que de cerebro. Confiaba en las personas, y su ingenua fe en Dios, nunca cuestionada, en la Torá y en los grandes hombres santos, no conocía límites. Esta enseñanza se la inculcó a su hijos, de los que solo el pequeño Moshe, siguió sus pasos. La familia se trasladó en 1908 a un humilde piso de la calle Krochmalna de Varsovia, en un entorno donde no faltaban el hampa y la prostitución, y que tuvo una incidencia decisiva en la trayectoria que en los años siguientes habría de seguir cada uno de sus hijos. Israel, tras acaloradas discusiones con su padre, se despegó por completo de la tradición religiosa y huyó del ámbito familiar, primero para encontrar acogida en el estudio de un pintor, y más adelante para incorporarse al periodismo y a los círculos literarios de la capital. Emigra finalmente a los Estados Unidos en 1934, donde publicaría la ya mencionada Los hermanos Ashkenazi y la magistral La familia Karnowsky. Murió con tan solo 51 años de un ataque al corazón en Nueva York. Isaac, menos rebelde que su hermano mayor, mientras estudiaba en la yeshive, absorbió de él su interés por la literatura y sus conocimientos, y aprovechó esos años infantiles para escuchar y grabar en su memoria las jugosas historias y enredos judiciales, envueltos en ingenua fe religiosa y supersticiones, a los que asistía oculto tras la puerta del despacho rabínico de su padre. Años más tarde los trasladaría a su obra literaria. En cuanto a Esther, dotada de una gran inteligencia y con aspiraciones intelectuales que se vieron frustradas sobre todo por ser mujer en el seno de una familia jasidim, su vida tuvo un súbito desenlace: sus padres aceptaron la propuesta de un rico predicador que buscaba una muchacha de familia judía devota para esposarla con su hijo, residente en Amberes, donde trabajaba como tallador de diamantes. En pocos meses, y sin conocerse, los padres acordaron el enlace y lo celebraron en Berlín. Esta descabellada idea, si al principio produjo el rechazo de Esther, enseguida se tornó a sus ojos en una luz de esperanza para un cambio en su vida y que con el tiempo fue lo que la libró de los campos de exterminio nazis, en los que murieron la madre y el menor de los hermanos. Isaac Bashevis se inspiraría en su hermana para crear la figura de Yentl en su obra homónima, en la que se basó la película de Barbra Streisand. Para su hermano, Esther Kreitman era una estupenda escritora y prueba de ello es su novela La danza de los demonios, todo un acierto al contar la infancia con ojos de niña y la madurez con ojos de adulta.
Se trata sin duda, de una familia de grandes fabuladores y si destaca Isaac B. es por su dilatada vida que le llevó a escribir tantos libros que ni él mismo los tenía contabilizados; se calcula que no deben andar muy lejos del centenar. La muerte prematura de Israel y el ser mujer judía en el siglo xx de Esther impidieron enriquecer el legado de la familia, que, por cierto, el apellido original en yidis es Zinger, y ellos lo transformaron en Singer.
(Por el Dr. Montero)
viernes, 4 de enero de 2019
Setenta veces negro
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| Alejandro Dumas no sería nada sin sus "negros" literarios, como Maquet |
Este año que el IES Arjé afronta el reto de la diversidad en su programación cultural, queremos dejar constancia también en la Torre de tan lamentable prejuicio racista. La primera víctima del mismo es, indiscutiblemente, el dramaturgo cartaginés de ascendencia bereber, Terencio (Publio Terencio Afro, por cierto, para que no quedaran dudas), autor de exquisitas comedias en la Roma del siglo II a. C, como Los Adelfos o la muy psicológica El atormentador de sí mismo, pero que tuvo que ver cómo la fama se la llevaba Plauto, autor bastante más vulgar pero perfectamente blanco. Prejuicio muy similar al que hubo de afrontar Juan Ruiz de Alarcón, otro dramaturgo sofisticado y oscuro y con frecuencia esquivado porque tuvo la desgracia de ser mulato en el nuevo mundo del s. XVII, descendiente de nobles y esclavas, como tantos en aquel tiempo. En su caso acaso se vengó con terribles dramas como La verdad sospechosa o La crueldad por el honor, pero para la historia es un segundón, lo cual hace aún más sospechosa la verdad por cierto.
Pero ha sido en el siglo XX y en EEUU donde se han cometido las mayores tropelías racistas en la literatura. Algo que no extraña nada en un país que ante la más excelsa expresión negra de la música moderna, el jazz, presentaba con abochornantes honores como rey del jazz en los años 30 a Paul Whiteman, cuyo apellido era una declaración de principios pero su música de una mediocridad lamentable. Con todo, al público, de cualquier color, no se la daban con liebre y ya había decidido que el verdadero rey era Duke Ellington, negro como el tizón.
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| Otro negro ilustre: Nicolás Guillén |
El prejuicio racial probablemente haya influido en el hecho de que el enorme poeta Langston Hughes (Blues) no perteneciera, como le corresponde por derecho, a la Generación Perdida norteamericana, un nutrido grupo de extraordinarios escritores... blancos. Hughes, que fue botones de hotel, estuvo en la Guerra Civil española como corresponsal, fue amigo de Rafael Alberti, perteneció a la Alianza de Escritores Antifascistas y es fundador de lo que se ha venido a conocer como "Renacimiento de Harlem", al menos no tuvo que padecer el doble prejuicio, racial y de género, que sí sufrieron sus compañeras de generación como Zora Neale Hurston (Sus ojos miraban a Dios) o, algo después, Alice Walker (El color púrpura), extraordinarias novelistas ambas muy tardíamente reconocidas. Los años 60 fueron pródigos en la reivindicación racial en Norteamérica, hartos los afroamericanos de postergación e injusticias y fenómenos como el blackpower, el blackploitaxion o los panteras negras son muestras de aquel tiempo, al igual que la obra del poeta, músico y maestro fundador de la poetry slam Gil Scott-Heron (La revolución no será televisada), o el escritor y activista homosexual James Baldwin (Ve y dilo en la montaña), reivindicado en el documental de 2016 I´m not your negro. No obstante, el renacimiento racial en realidad tardó en llegar y la concesión del Nobel de Literatura en 1993 a Toni Morrison (La canción de Salomon), sólo en parte venía a reparar esta afrenta.
Las cosas parecen haber sido mejores, desde luego, en la América de habla hispana, donde el poeta nicaragüense Rubén Darío es toda una institución sin haber dejado de reivindicar nunca sus raíces indígenas ("las ínclitas razas ubérrimas") a la vez que la modernidad lírica (Azul). En definitiva un negro influyente que al parecer a veces llegó a tener su propio "negro" (el sevillano Alejandro Sawa, escritor maldito donde los haya y de muy negra suerte, aunque su piel fuera clara). Y eso por no hablar del peruano César Vallejo (Trilce), otro heraldo negro e indígena que se arrastró por París y deambuló por la guerra de España mientras reinventaba la lengua española contorsionándola hasta cimas aún no superadas, como reconocieron sus contemporáneos. Y era negro, sí señor, como Nicolás Guillén (Sóngoro Cososngo), negro zumbón de Camagüey, primer poeta comunista caribeño y fundador de lo afrocubano, además de etnólogo y folcklorista autor de algunas de los más memorables sones en el nuestro o en cualquier otro idioma.
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| Chimanda Adichie, autora de Americanah |
domingo, 28 de enero de 2018
Los Baroja
Me comenta el bibliotecario mayor del reino que las dimensiones de la torre podrían incrementarse hiperbólicamente si incluyéramos en ella un espacio para familias literarias, sagas históricas en el mundo de las palabras, como los Mann, los Singer, los Goytisolo, o los Panero. Familias que, de un modo u otro hacen bueno aquello con lo que Tolstoi comenzó su Guerra y Paz: “Todas las familias felices se parecen; las infelices lo son cada una a su manera”.
Y no se me ocurre una
inauguración mejor para esta serie que los Baroja, familia disfuncional donde
las haya, de cierta excentricidad y carácter algo difícil, unos por timidez y
otros por estilo, como dijo de ella su mejor cronista, Julio Caro Baroja, el
último mohicano de aquella saga. Y lo es sobre todo porque los Baroja, viviendo
al margen de España, por falta de acomodo físico incluso con la gente, eran a
su manera españolísimos, desde su bisabuelo Rafael Baroja, aguerrido periodista
afrancesado, que fundó en el País Vasco La
papeleta de Oyarzun durante la guerra de la independencia y que fue liberal
en medio de un país de absolutistas. Ganas de llevar la contraria…
El padre de los Baroja, Serafín,
fue un itinerante ingeniero de minas, de muchos y muy sonoros apellidos vascos,
que vino a matrimoniar con la italianísima Carmen Nessi, de rica familia de
navegantes lombardos. Tuvieron tres
hijos: Darío (que murió adolescente, de tisis), Ricardo y Pío. Dieciséis años
después nacería, al fin, la niña, Carmen, que acabaría casándose con un
primoroso editor, Rafael Caro Raggio. Durante sus infancias, siguiendo los
destinos de su padre, peregrinaron entre
San Sebastián, Bilbao, Madrid y Pamplona, donde el abuelo materno poseía una casa de Pensión barata, cuyos huéspedes acabaron nutriendo el imaginario de muchas de las novelas de
Pío. Los veranos, eso sí, los pasaban en
Vera de Bidasoa, en Itzea, donde adquirieron una casona que acabó convirtiéndose en
emblema familiar.
El único que
estudió algo, y aún a desgana, fue Pío (1872-1956), que acabó medicina en
Madrid y llegó a ejercer algún tiempo en Cestona (Guipuzcoa), donde cogió mala
fama de médico pesimista y cansino, además de antipático a más no poder.
Desengañado de la profesión volvió a Madrid, donde su hermano Ricardo se había
hecho cargo de una panadería “Viena Capellanes”, y aunque nunca trabajó allí,
el negocio familiar dio para algunas bromas: “Don Pío es un novelista de mucha
miga”, llegó a decir Rubén Darío. “Darío es un escritor de mucha pluma; se nota
que es indio”, le repuso Baroja, malencarado. Como escritor Pío dio lugar a un
adjetivo, “barojiano”, que viene a denominar todo lo que era “hipster” a
principios del siglo pasado. Costumbrista, desaliñado, episódico, más dotado
para la estampa que para el cuadro o el retablo, Pío fue prolífico y
repetitivo, y quizá por su desapego por todo, incluso por lo importante, gozó
de éxito y nombradía. Como todo le desagradaba, incluso la democracia,
simpatizó con las dictaduras, primero la de Primo de Rivera, que mandó al
exilio a Unamuno, y luego por la de Franco, de la que huyeron muchos de sus discípulos.
La aparición de Comunistas, judíos y
demás ralea (1938) no deja lugar a duda al respecto. Durante la posguerra,
permaneció sobre todo en Vera, en su
casona, poniendo de moda la boina y las zapatillas de cuadros para andar por
casa. La modernidad de lo rancio. Lo mejor de su obra, ya nadie puede dudarlo, son las novelas de aventuras
juveniles, como Zalacaín o las Inquietudes de Shanti Andía, cuyos
protagonistas derrochaban un entusiasmo por la vida que, en cambio, su autor
racaneaba. De su obra mayor yo sólo salvaría La Busca, primera de la trilogía “La lucha por la vida”, muy
influida, no obstante por la de Jules Vallès.
Las relaciones
con su hermano no fueron mucho más fluidas que con las del resto de congéneres,
aunque en este caso quizá influya el hecho de que, en cierto modo, Ricardo
Baroja (1871-1953) sí fue el hombre de acción que Pío nunca pudo ser. Hermano tarambana
de la familia y libertario mucho más allá de lo espiritual, Ricardo fue
panadero, mozo en la fonda de su abuelo, bibliotecario, archivero, músico de
calle, actor, ilustrador y tertuliano. Amante de emociones fuertes (perdió el
ojo en una carrera de automóviles y ya siempre lució un parche) y un si es no
es de subversivo (participó activamente en la Revolución de Jaca, como contó en
el muy divertido Arte, cine y
ametralladora), Ricardo fue amigo de Azaña, fundó la Asociación de Amigos
de la Unión Soviética y fue el mejor pintor de nuestra Guerra Civil (casi 60
óleos bélicos). Como pintor, sobre todo por sus aguafuertes, muy en la línea
del Goya expresionista, recibió la medalla de Oro de Bellas Artes, pero fue
también escritor de mérito, con obras como Gente
del 98 (donde analiza un tiempo en el que fue muy fácil nadar y guardar la
ropa) y la desconocidísima y genial distopía humorística El pedigrée, irónica obra teatral sobre los peligros de la
eugenesia y la creación de razas superiores, que en 1926 se anticipó tanto a la
literatura como a la Historia. Por último conviene indicar que, pese a que las
relaciones de Ricardo con su hermano Pío no fueron de lo más fetén, fue
ilustrador y portadista de toda su obra literaria en la editorial Caro Raggio,
propiedad de su cuñado, persuadida tal vez toda la familia de que si había un
hueco en la Historia para algún Baroja, sin duda debía ocuparlo Pío.
Y sin embargo
había Barojas para rato. La hermana Carmen, que fue la princesa de los Baroja,
y también ocasional escritora, dio a luz a los dos infantes. El mayor, Julio
Caro Baroja (1914-1995), criado a los pechos de su tío Pío, acabó siendo
albacea y cronista familiar (Los Baroja
aún desprende aroma de un tiempo ido), y acumulando los títulos y cátedras que
sus tíos nunca tuvieron, ganándose fama
de sabio con títulos como Las brujas y su
mundo, sobre la inquisición o Los
judíos en la España moderna y contemporánea, de los que habló sin duda con
más respeto que su tío el novelista. Por su parte Pío Caro Baroja (1928-2015),
el benjamín de la saga, siguió más los pasos de Ricardo, eligiendo una vida
menos quietista y académica que la de su hermano, y entregándose al cine como
documentalista, guionista y hasta director, aunque incapaz de olvidar el legado
familiar, pues convirtió en imágenes algunas obras de su tío como El mayorazgo de Labraz o La última vuelta del camino, que, en su
caso, parece haber sido de ida y vuelta.
lunes, 29 de mayo de 2017
La Taberna de Emilè Zolá

Pocas
veces un puñetazo de vida golpea tan fuertemente la literatura como en La Taberna, la más impresionante de las
novelas de Zolá, la más desnuda. Y lo cierto es que en ella no hay grandes
amores (más bien pequeños y mediocres), ni crímenes, ni misterios, ni grandes
acontecimientos históricos. En verdad, lo más notable de La Taberna es que no pasa realmente nada: la bajada de los salarios,
los despidos, el alquiler, los préstamos, los desahucios, los problemas con los
hijos adolescentes, los rifirrafes con el vecino, la obesidad, la alopecia… En
fin, nada que no pase todos los días, en 1877 y en 2017. La vida en toda su
crudeza, sin componendas ni concesiones, sin lirismos, sin buscar la épica
vacua de la vida cotidiana. Veinte años en la vida de una mujer, Gervaise
Macquart, que no es ni una heroína ni es nada, que es descarada y un pelín
chuleta, pero buena gente… a veces, que es vocinglera y dulce, que es
afortunada y gafe, trabajadora y holgazana, entregada a sus hijos y ruin con
ellos, amorosa y despreciable, que es guapa y se vuelve fea, que es delgada y
acaba gorda. Nada. Absolutamente nada. Sólo la vida, con sus contradicciones.
Se ha hablado de que es una novela sobre el pueblo, sobre el alcoholismo o la
pobreza, que Zolà es mecanicista y simplón. Nada de eso es cierto: La Taberna es la vida, sin más y sin
menos, sin adornos y sin literatura. Y sin embargo, Gervaise es uno de los
más grandes personajes literarios que puedas echarte a la cara, y las
desventuras de su vida van a cambiar la tuya. Seguro.
Leyendo
La Taberna uno entiende muchas cosas:
cómo la miseria engendra vagancia y molicie, cómo la falta de recursos
intensifica, aunque parezca incomprensible, los lujos superfluos; cómo la
desgracia ajena enciende el morbo; dónde acaban los abrazos que no se dan. Se
entiende mejor a los borrachos, a los cobardes, a los egoístas, a los cínicos.
No se los quiere… pero se los entiende más. Pocos personajes de La Taberna se hacen de querer, todos
están llenos de defectos, pero a todos te los puedes encontrar por la calle. De
muy pocos libros puede uno decir esto: sólo de los mejores.
La
de Gervaise es la séptima de las novelas de la serie de Los Rougon-Macquart, en la que Zolà emprendió el relato de la
“intrahistoria” de Francia durante el II Imperio (el de Napoleón III, de 1850 a
1870), a través de la historia de una misma familia, con todos sus hijos,
primos, cuñados, sobrinos, etc. Fue la más popular de las veinte, prueba de que
los lectores de entonces no se dejaban engañar. Está llena de escenas
memorables, como la pelea inicial en el lavadero, la boda de Gervaise con
visita al Louvre incluida, la muerte de mamá Coupeau, o la ronda final de
Gervaise por los boulevares periféricos mirando su sombra. Tiene un plantel de
secundarios formidable, como el culto señor Madinier, la señora Lerat, el
comilón Mes-Bottes, la señora Boche la portera, o el sepulturero Bazouge,
personajes cualquiera a cuyo alrededor París se destruye y se reconstruye
mientras la Historia de Francia y del mundo avanza no sabemos muy bien hacia
dónde. Otra cosa que hace grande La Taberna es que te deja con ganas de
más, pero Zolà, amplificando y llevando a su culminación un procedimiento
inventado por Balzac, no deja de recuperar sus personajes, inventando el ‘spin
off’ y aumentando la sensación de realidad. En El vientre de París, por ejemplo, la protagonista es la hermanastra
de Gervaise, Lisa, que pone una carnicería en Les Halles; en Germinal reaparece Ettiene, el hijo
mediano de Gervaise y Lantier, y en Naná
la protagonista es su hija pequeña cuyas andanzas comienzan en La Taberna. El olvidado hijo mayor de
Gervaise, reconvertido en pintor, va a protagonizar La obra, una de las últimas de las serie. Bazouge, Mes-Bottes o la planchadora Clemence
reaparecen una y otra vez en distintas novelas de la serie.
En
un tiempo en el que se ha querido ocultar la verdad debajo de la alfombra,
sacándola de la literatura, para vendernos un mundo rosáceo, lleno de gaviotas
y finales felices, Zolà era un incordio y se le ha increpado y marginado, a él
y al Naturalismo, pero no cabe duda: es uno de los grandes. Sin forzar la nota,
contó la verdadera historia de Francia, sus barrios, sus clases sociales y sus
conflictos. Lo real, la vida misma: naturalismo es naturalidad.
miércoles, 26 de abril de 2017
DISPARATES DE CLASE Y EXÁMENES DE CIENCIAS
El disparate escolar, tanto en
clase como en un examen, es un clásico. Podemos catalogarlo de ingenio e
ingenuidad en estado puro. Ni la ley
General de Educación de 1970 (EGB y BUP), ni la LOGSE, ni la LOMCE,…, ninguna
ley ha podido acabar con el disparate. A los profesores, a veces, se nos
escapan grandes carcajadas al corregir un examen. Pero bien es verdad que muy
pocas personas podrán decir que ellos nunca soltaron un disparate. Según el
diario Ideal, no hace mucho, el juez Calatayud pidió a través de su blog y su
página de Facebook algunas sugerencias. La cosecha fue excelente, haciendo él
su propia aportación. En cierta ocasión le pidieron conjugar el verbo abolir y
respondió: “yo abuelo, tu abuelo,…”
Bueno, pues aquí van algunos de
mis clases y exámenes (incluyendo las faltas ortográficas). Espero que nadie se
moleste si ve el suyo: pensemos que sólo intento aportar un punto de humor al
trabajo de la enseñanza.
Empecé a dar clases en colegios
concertados católicos. Cada vez que tenía que explicar los rayos catódicos les
decía que tuviesen cuidado, que no eran católicos (como el colegio donde
estaban), que se llaman así por proceder del cátodo. Ni por esas. Me llegaron a
poner que en el tubo se podía ver un “as de rayos católicos”. ¡No sólo era
católico, sino que era el as! No hace mucho me he dado cuenta que da igual que
lo explique en un centro público (laico), ya que en el IES Arjé me han llegado
a poner en un examen que es verdad que Thomson pudo observar a los Reyes
Católicos en un tubo de descarga de gases.
Aprobé las oposiciones y estuve
en prácticas en un centro de Málaga capital. Tenía que empezar por explicar el
tiro parabólico y como no sabía cómo andaban de matemáticas, pregunté en clase:
¿habéis dado las parábolas? Uno de los alumnos me dijo: “la del hijo pródigo”.
Saqué dos conclusiones: aunque ya no estaba en un centro católico, mis alumnos
sabían religión, y tenía que explicar el tiro parabólico desde el principio.
Me pasé después 15 años en un
instituto de Archidona. Empecé dando clases en FP, donde un alumno de la rama
de electricidad, la primera vez que para indicar un ángulo utilicé la letra
griega alfa, me paró y me preguntó: “¿qué es ese garabato kas posío ahí?” Le
respondió su mejor amiga, que estaba sentada a su lado: “¡qué bruto, se dice
¿qué es ese garabato que has puesto ahí?”. O sea, que, aún corrigiendo la forma
verbal, alfa seguía siendo un garabato. Otro compañero me echó la culpa de que
en el taller se llevase un buen calambrazo, pues tocó un buen nudo de un
circuito eléctrico porque yo le había explicado que según una de las leyes de
Kirchhoff la suma de las intensidades en un nudo es 0. ¡Se olvidó de tener en
cuenta los signos según entrase o saliese la corriente! No fueron pocos los que
cuando llegaron, como novatada, los
mandamos por un cubo de voltios al colegio de enfrente y volvían con un gran
cubo lleno de agua sucia que allí les daban. Algunos cursos fueron de excursión
a Madrid a una feria de componentes electrónicos. Al volver me dijeron que uno
había tenido algún problema con lo que yo les había explicado de la presión: el
milibar. Ante mi cara de sorpresa, uno de ellos me dijo: “sí, Fulanito, que
cuando se metió en la habitación del hotel no sabía que lo que había para beber
en el milibar no era gratis”. Por lo visto, el mismo alumno, cuando el profesor
que los llevaba en el metro les dijo que después irían a los stands, dijo que
ahí no se montaba, que ya había tenido bastante con el metro. Hoy en día son
grandes electricistas.
Llegó la ESO y lo mismo. Un día
en clase me dí cuenta de que, aunque muchos dominaban la Física y Química, no
sabían mucho sobre científicos, ya que alguien me preguntó que si Pascal, el de
la prensa hidráulica, tenía una empresa de productos lácteos, que había visto
un camión cisterna con su leche. Por Dios, ¡Leche Pascual! Así que le pregunté
a otro compañero que si sabía quién era Einstein y respondió, tras escuchar al
chivato que tenía detrás, que era el perro de “Regreso al Futuro”. Riéndome le
dije: “¡qué va, es el delantero centro del Real Madrid!”. Y me contestó que
debería ser reserva, que el que más jugaba era Hugo Sánchez.
En el Arjé también hemos
conseguido una buena cosecha de disparates. Por ejemplo, en un examen puse una
ecuación de segundo grado que no tenía solución. Estaba bastante claro, ya que
llegaba un momento en que, al resolverla, aparecía una raíz cuadrada negativa.
Cierta alumna me puso: “solución = sintax error”. Lo mejor del caso es que me
vino a protestar. Decía que lo había comprobado de nuevo con la calculadora y
seguía poniéndole lo mismo: “sintax error”. Otra alumna, en una pregunta que
tenía que hallar el porcentaje de victorias del Barcelona en la Champions ese
año (1 de 4 partidos), contestó: “da asco el Barcelona”. Me dio a entender que
no era difícil, pero prefería perder el punto. Uno que nos hizo reír bastante a
los profesores en las famosas pruebas de diagnóstico fue de un alumno que
respondió que el canguro era uno de los animales en extinción en Andalucía.
¡Desde luego que no se habrá encontrado muchos en sus paseos por el campo! Otro
día me encontré a un compañero corrigiendo en la sala de profesores, que,
sonriente, me enseñó un examen con respuestas a cual mejor. Dos de ellas: ¿qué
diferencia una meseta de una llanura? “muxas cosas”; ¿qué son los cabos y los
golfos? “los cabos nose y los golfos son los que siempre están en la caye”.
Todavía, cuando me encuentro a cierto antiguo alumno del Arjé, nos reímos
cuando recordamos que en un examen me puso que “los reactivos son aquellas
sustancias que provocan erepciones”. Aunque con p, ¿en qué estaría pensando?
Quiso arreglarlo diciéndome que los había confundido con lo que soltaban los
volcanes. ¡Qué fiera!
Por último, una muestra de
algunos que podemos encontrar en algunas webs:
¿Dónde se tocan las paralelas? “En el infinito, para que no las vean”
Movimientos del corazón: "El corazón siempre está en movimiento, solo está parado en los cadáveres". Otro alumno respondió: "de rotación alrededor de sí mismo y de traslación alrededor del cuerpo".
La piel: “Es un vestido sin el
cual no resistiríamos los porrazos, es además un muro de contención para que no
se nos salgan las carnes”
Y aunque no sea de ciencias,
quizás el del alumno más vacilón:
Pregunta: comentar algo del dos
de mayo. Respuesta: “¿de qué año?”
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