Revista cultural de la Biblioteca del IES Arjé



martes, 16 de junio de 2020

Cartografías del confinamiento



La Metamorfosis de Kafka, una metáfora del confinamiento

Una cosa está clara. En los tiempos de Twitter y  Netflix el confinamiento ya no es lo que era, a mí que no me digan. Para algunos incluso ha tenido mucho de recreo y hasta de epifanía personal, que en eso no entro. Desde luego nada que ver con esos castigos bíblicos, que torturaban y enrarecían el carácter, que forjaban destinos y propiciaban venganzas. El más famoso de los de este jaez es si acaso el del legendario Edmundo Dantés, El Conde de Montecristo (1842), al que unos malvados mantuvieron encerrado siete años en la novela de Alejandro Dumas (escrita en realidad por Auguste Maquet, su “negro literario”), hasta que se las piró prometiendo venganza. Y cumpliendo, para gozo de sus lectores,  pues la reparación de las injusticias, aunque sea cometiendo otra, suele estar muy prestigiada en la literatura popular. Otro ilustre confinado deseoso de venganza es Segismundo, el mísero de sí, al que su propio padre encerró en una torre desde que nació para evitar una profecía, dando así razones para que se cumpliera. Calderón de la Barca montó todo un dramón con eso en La vida es Sueño (1635), pero no me negaréis que ese confinamiento no se parecía nada al nuestro, en el que aún no nos hemos planteado qué delito cometimos naciendo. De adolescente me gustaba mucho Richard Matheson, del que ya hablamos en el guardián anterior. Este infravalorado escritor estadounidense escribió El Increíble hombre menguante (1956), entre risible y angustiosa historia del confinamiento en la cocina de un hombre reducido a la minusculez, diminuto, y enfrentado así a la grandiosidad de un rallador de patatas o unas tijeras de pescado. Entre la teoría nietzscheana del superhombre  y una parábola feminista, la olvidada novela de Matheson, llena de inesperados peligros domésticos, tendría en realidad mucho que decir a los desconfinados de hoy en día, que han huido de sus casas como alma que lleva el diablo. Pero sin duda la más impactante historia jamás contada sobre un confinamiento involuntario es La Metamorfosis (1912), del discreto escritor checo en lengua alemana Franz Kafka, una historia esta sí llena de humor negro sobre el triste destino del hombre contemporáneo, condenado a ser cucaracha encerrada en un mundo incomprensible lleno de puertas tras las que nos oyen pero no nos escuchan. Pura dinamita, oiga. La habitación de la que nunca pudo salir Gregor Samsa, fascinó a Nabokov entre otros muchos lectores que la convirtieron en símbolo de las invisibles prisiones contemporáneas.
Luego están los que en lugar de narrar un confinamiento lo han vivido en sus propias carnes, voluntariamente u obligados. Entre estos segundos el más famoso fue el que recluyó durante tres días en Villa Diodati, la casa de veraneo de Lord Byron en Suiza, al propio Byron, a su amigo el poeta Percy Shelley, a su novia de entonces Mary Shelley y al oscuro ayudante de Byron, William Polidori, en junio de 1816. Parece que la erupción de un volcán en Indonesia provocó una espesa combustión de ceniza y azufre que llegó hasta Europa, donde hubo incluso que confinarse unos días. Los confinados de Villa Diodati parieron todos obras maestras en aquel encierro, de las que las más perdurables fueron Frankenstein, claro, y El Vampiro del casi imberbe Polidori, que abrió con ella un fecundo y truculento camino a los comedores de sangre.  De esa estirpe eran, desde luego, los que obligaron a la niña judía Anna Frank a recluirse con su familia durante casi tres años en una habitación realquilada en Ámsterdam (aún se conserva y hoy es su casa-museo) para protegerse del enemigo. En su caso, el enemigo era bien visible, el III Reich,  no como el covid-19 que, no obstante, como los nazis, también estuvo avisando durante una temporada de lo que era capaz de hacer, y como entonces los países occidentales prefirieron cruzarse de brazos hasta que no les quedó más remedio. También duró casi tres años el confinamiento del filósofo antiesclavista, defensor de la naturaleza y de la desobediencia civil Henry David Thoreau, aunque en su caso fue voluntario y tuvo mucho de purificación. Narró la experiencia en Walden (1854), por el lago en el que situó la aislada cabaña en la que acabó descubriendo que no necesitaba de nadie para subsistir y mucho menos de los parlamentarios de Nueva Inglaterra. De todas maneras mi confinamiento literario favorito son los 36 años que pasó el poeta alemán Friedrich Hölderlin sin salir de casa del ebanista de Tubinga William Zimmer, un carpintero culto que, admirador del autor de Hyperion (1799), lo recogió del hospital mental donde se hallaba y lo cuidó ya hasta su muerte sin saber a ciencia cierta si lo que tenía en casa era un genio o un loco.  Ah, tal vez la disyuntiva en la que nos resumimos todos. Vale

sábado, 16 de mayo de 2020

Cartografías de la pandemia


         
El triunfo de la Muerte  de Pieter Brueghel 'El Viejo'
La cantidad de veces que, en las últimas semanas, se ha repetido eso de “nunca se había vivido nada igual” o “la humanidad se enfrenta a algo nunca visto”, no hace sino demostrar por un lado el grandilocuente ombliguismo del mundo en que vivimos y, por otro, el desconocimiento de la Historia y, en especial, de la Historia de la Literatura. En relación a lo primero me temo que poco podamos hacer de momento, pero en lo tocante a lo segundo vayan aquí unas cuantas líneas clarificadoras.
            La primera epidemia de la que se tiene constancia literaria fue, al parecer, la fiebre tifoidea que asoló Atenas durante las guerras del Peloponeso (s. V a.C.) y sobre la que Tucídides dejó escritas escenas de gran intensidad.  No menos intensa fue la llamada Peste Antonina que algunos siglos más tarde “contaminó de infestación y de muerte desde Persia hasta el Rhin”, según Amiano que, pionero de la teoría de la conspiración, aventuró como causa de la misma el saqueo de un templo babilonio en el s. II d. C. tras el que un imprudente profanador romano abrió una urna que contenía el malévolo virus. Eran, desde luego, tiempos de crisis para el imperio romano, perro flaco ya al que todo se le volvieron pulgas o perversas y arrasadoras bacterias que castigaban al infiel politeísta. El propio Amiano hablaba de cómo los cristianos, llenos de probidad, “abrazaban y lavaban a los enfermos”, mientras “los paganos romanos arrojaban a los afectados a la calle antes de que hubieran muerto”. Todo un ejemplo de utilización política de una crisis sanitaria, que en esto tampoco hemos inventado nada. Sobre un rebrote de la Peste Antonina Dion Casio afirmó que criminales pagados para infectar a la gente impregnaban unas agujas minúsculas de sustancias mortíferas y ponían a correr el virus a lo Usain Bolt. Vamos, una variante del “virus chino” que nunca hubiera imaginado Donald Trump.
            Con todo, la hecatombe mayor por epidemia que tengamos contabilizada fue la Peste Negra de 1348 que arrasó con un tercio de la humanidad y que al menos sirvió, no hay mal que por bien no venga, para que Giovanni Boccaccio nos dejara su Decameron (1351), descomunal obra maestra que más que en la epidemia se centró en los efectos del confinamiento en un grupo de diez adolescentes florentinos que, además de apasionante vida comunal, inventaron la narración breve contemporánea para dar sentido a sus aburridos días de aislamiento. Toda una metáfora de la literatura, por otra parte.
            La peste, que era uno de los jinetes del Apocalipsis, no lo olvidemos, nos ha dejado algunas otras narraciones de altura como Diario del año de la Peste (1722) de Daniel Defoe, muy superior a su Robinson Crusoe, por cierto, y con un mensaje más mundano y menos colonial. En este caso, Defoe hablaba de un brote de peste bubónica acecido en Londres 50 años antes y describía con gran detalle no sólo las miserias vecinales sino también la gran crisis económica que siguió a la epidemia. Otro que estaba antes de que se le llamara, vamos. También notable novela centrada en la contagiosa enfermedad vírica fue Los Novios (1842) de Alessandro Manzoni, historia de un apasionado romance en medio de la pandemia que contagia buen rollo y romanticismo a pesar de las detalladas escenas gore de los monjes cartujos llevando carros de infectados al Lazaretto de Milán, la Meca de aquel Walking Dead. Bastante más desconocida, aunque mucho más auténticamente romántica es El último hombre (1826), de Mary Shelley que ya en Frankenstein había denunciado los peligros de la ciencia, y aquí profundiza, de manera algo lenta, en su inutilidad frente a los desastres naturales, cuestionando el concepto mismo de progreso. Paso que también transitó, por cierto, el aventurero norteamericano Jack London en La Peste Escarlata (1912), apocalíptica y muy reivindicable ficción del autor de La llamada de lo salvaje. Aunque el verdadero apocalipsis zombi lo leímos en Soy Leyenda (1954) de Richard Matheson, que describe un mundo post-pandémico en el que sólo ha quedado viva una persona, que disfruta a placer de un mundo para él solo. La novela de Matheson, por cierto, ha sido adaptada al cine en dos ocasiones: una excelente versión en los 70 protagonizada por el lamentable actor Charlton Heston, y otra versión lamentable más reciente protagonizada por un excelente Will Smith. 
No obstante, la más grande novela sobre el tema tal vez sea La Peste (1947) de Albert Camus, filósofo existencialista francés, nacido en Argelia, que situó precisamente allí una ficticia epidemia. En la novela describió fielmente los ataques a la libertad individual por parte de las autoridades con el supuesto objetivo de proteger a los ciudadanos del virus, convirtiendo el confinamiento en alegoría de la dictadura. Otro visionario crítico, aunque su caso es aún más retorcido porque murió en un sospechoso accidente de tráfico en 1960. Yo ahí lo dejo.

martes, 17 de marzo de 2020

La mala salud de los escritores


Poe padecía porfiria, paranoia, alucinaciones e insomnio


Quizás pensando en un Emile Zola que, como cuenta Giussepe Scaraffia en Los grandes placeres, fue uno de los primeros ciclistas de Francia e impulsor entusiasta de ese deporte antes del "Tour", o en un eterno candidato al Nobel como Haruki Murakami, maratoniano incluso a sus setenta años, un lector imprudente pudiera creer que los escritores aprecian el deporte, la vida sana y gozan de una salud envidiable, como Robert Walser, el maravilloso autor suizo, que fue pionero del senderismo y recorrió andando toda Europa o el escritor norteamericano Henry D. Thoreau, naturista avant la lettre, filósofo del campo y la vida a la intemperie, cortador de troncos y nadador formidable, además de antiesclavista, ácrata y desobediente civil. Pero la realidad es muy otra, o más bien la contraria: entre los escritores abundan los malos hábitos, el rechazo a la vida saludable, la pésima alimentación y las enfermedades.
Se podía empezar, de hecho, casi por el principio, por Homero, al que la tradición pinta ciego pero también propenso a las comidas copiosas y con exceso de grasa, palo al que también le daba el mismísimo William Shakespeare que, además de hipertenso, fue un obeso impenitente pese a haber sido galán en los escenarios en su juventud, y padecía enfermedades circulatorias por ser proclive al sedentarismo. De eso también sabía mucho Flaubert, que apenas salió de su casa natal en Croisset, y que consideraba el deporte vicio nefando mientras en cambio adoraba los croissants de mantequilla que su madre le horneaba a diario y que iban moldeando su desmesurada cintura. Aunque de alimentación perjudicial acaso el que más controlaba era el poeta ruso del romanticismo Alexander Pushkin que, adorador de su colega inglés Lord Byron, ingería con frecuencia lejía para emular la palidez de su ídolo que, por cierto, tampoco andaba sobrado de salud, pues padecía sífilis y gonorrea (quizá de ahí venía su tez cerúlea), además de una cojera congénita que el autor de Eugenio Óneguin encontró siempre muy elegantetambién se esforzaba en imitar. Las tres hermanas Brönte murieron de tuberculosis, la enfermedad romántica por excelencia, antes de cumplir los 30 y la más longeva y genial de ellas, Emily, que también era Asperger y escribió Cumbres borrascosas encerrada en cuartos oscuros y mal ventilados sin salir del domicilio familiar en Haworth, se resfrió, para una vez que salió, en el funeral de su hermano y murió por complicaciones respiratorias recién cumplida la treintena.  Hablar de la mala salud de los poetas malditos, Baudelaire and Co (que también adoraban a Byron el satánico) es casi pleonasmo pues los lugares insalubres, la humedad, la falta de luz, la pésima alimentación, el alcoholismo y las prácticas sexuales depravadas (incluyendo la zoofilia) formaban parte de su programa. El más importante de este grupo al otro lado del charco, el narrador y poeta norteamericano Edgar Allan Poe, padecía además porfiria, una extraña enfermedad nerviosa que, además de hinchazones y molestas erupciones en la piel, le generaba alucinaciones y paranoia. Claro que él tampoco ayudaba con su régimen alimenticio compuesto de mucho alcohol, poca verdura o fruta y nada de sueño, pues el autor de "El cuervo", para colmo, era un insomne de campeonato.
No obstante, y pese a todo lo anterior, es posible que, al respecto, pudiéramos hablar del asunto también refiriéndonos a la mala salud (de hierro) de los escritores, pues a menudo el desprecio constante a la vida saludable no les ha impedido alcanzar edades provectas. El ejemplo más claro sería nuestro Cervantes, que siempre alardeó de su mala salud, de su manquez (que no era sino enquilosamiento de la mano izquierda), de su piorrea dental y de sus padecimientos estomacales y que, sin embargo, llegó en buena forma a los setenta, lo que era auténtica hazaña de Matusalén en S.XVII, y hasta fue la pura vejez la que lo empujó a escribir. Qué si no. Algo parecido se podría decir del poeta irlandés William Butler Yeats, que además de disléxico y esclerótico, padecía prosopagnosia, un trastorno neurológico que le dificultaba el reconocimiento visual de los demás y hasta de sí mismo en un espejo y que, al parecer, trataba con dosis inapropiadas de arsénico desde su adolescencia. Aún así llegó a los ochenta. Por su parte, afectado de una tuberculosis pulmonar crónica que lo hacía toser hasta casi volverse del revés, Moliere, que también padecía un trastorno neurológico caracterizado por la abundancia de tics involuntarios (el síndrome de Tourette), siguió subiéndose a las tablas para representar a personajes siempre propensos a la tos. Lo hizo hasta el final y murió de hecho en un escenario interpretando, irónicamente -¡ay!-, El enfermo imaginario. Como hubiera dicho Óscar Wilde, que consideraba el deporte una ordinariez y la vida saludable algo muy poco sofisticado, lástima que aprendamos las lecciones de la vida cuando ya no nos sirven para nada.

domingo, 5 de enero de 2020

Lorca: fraude, negocio e ideología


En el último y documentadísimo libro del investigador e historiador de la literatura José Antonio Fortes se aborda sin tapujos una cuestión por lo general muy orillada en nuestros estudios culturales; eso es: la construcción de mitos literarios por razones ideológicas. El autor, que ya había abordado la cuestión en textos previos como La Nueva Narrativa Andaluza (1990) o Intelectuales de Consumo (2010), se entrega aquí a un despiece monumental (780 páginas) de los mecanismos mediante los cuales la clase hegemónica impone modelos culturales con objeto de arrinconar y/o ensombrecer o aniquilar aquellas otras propuestas que pudieran combatirla o hacerle daño como tal clase. El hecho es tan antiguo como el mundo. Es más: es una de las razones más poderosas por las cuales las oligarquías económicas y políticas se sostienen en el tiempo: haciéndonos creer que no hay alternativas posibles mediante la construcción, a través de poderosas máquinas de propaganda, del canon de la Cultura y condenando a la inexistencia aquellas otras propuestas que cuestionen el statu quo. El escenario español de las primeras décadas del s. XX fue, en ese sentido, un laboratorio excepcional que pocas veces ha sido abordado en lo más profundo de su trama. La construcción de una alternativa cultural proletaria, con medios de producción y difusión propios, o la aparición de un conjunto no pequeño de nuevos escritores "marginales", procedentes de las clases subalternas, fue contrarrestado por la burguesía intelectual con un alud de maquinaria propagandística dedicada a ensalzar "generaciones literarias" realmente inofensivas y autores ciertamente inocuos, vendidos como adalides de la modernidad, y aún de la revolución, en piruetas dialécticas que aún sonrojan. Es ahí donde Lorca: fraude, negocio e ideología se agiganta hasta convertirse en una referencia ineludible sobre cómo el poder manipula la historia literaria para perpetuarse. Y en la que García Lorca, poeta y mártir, sale convertido no sólo en un negocio "del que vive y ha vivido mucha gente" sino en una excusa o pretexto para la limpia sino verdadera razzia de escritores con la carga subversiva de la que él carecía, la estrategia "oculta" para combatir la cuestión obrera y revolucionaria. Con documentos de época, cartas, recortes de periódico o expedientes de censura, el profesor Fortes disecciona de manera muy estimulante un entramado a menudo hediondo y cuestiona casi todos los lugares comunes en los que el "affaire Lorca" suele quedar: que estuvo censurado durante el franquismo (nunca ocurrió tal cosa, como aquí se demuestra), que fuera autor "amoral y marxista" (fue autor apreciado por la Falange y se aportan documentos y autos de fe literarios que lo atestiguan y aún hablan de él como poeta de la "España Imperial"), que estuviera comprometido con Andalucía (cuando es, en realidad, por su máquina de creación de tópicos, su gitanismo elegante, su coplismo -"franquiciado", lo denomina Fortes- y su tipiquismo  estético, uno de los autores que más daño ha hecho a esta tierra) o, por ejemplo, que fuera autor muy conocido antes de su muerte (cuando lo era sólo para ciertas élites en el farragoso constructo de la poesía pura a-política y, por lo tanto, colaboracionista con la involución).
Y esta documentada exposición de los motivos extraliterarios que encumbraron a Lorca se hace además huyendo de la engolada prosa academicista, en un directo y democratizado roman paladino que le permite expresiones del tipo "operación Fairy" para expresar la limpieza de clase que se dio en la Guerra Civil o la magia "howartsiana" (la escuela de Harry Potter) como el mecanismo ideológico que convierte la literatura en fantasmagoría sin contexto histórico o de clase, los"jinetes del Apocalipsis now" que arrasaron algo más que los campos de batalla durante la incivil contienda, la comparación de Lorca con Wally, al que hay que buscar dificultosamente en el riquísimo panorama literario de los años 20 y 30, o el afortunadísimo hallazgo del "capitalismo del espíritu" para designar, en fin, todo lo que la literatura más o menos viene a ser.
En definitiva Lorca: fraude, negocio e ideología, que se acompaña de un CD-ROM con toda la documentación en pdf que se menciona en el ensayo, es indiscutiblemente un libro polémico, pero sólo porque aborda su objeto desde el estudio y no desde la inercia o el laudo, que es lo que suele hacerse por estos pagos, pero no es, desde luego, definitivo, pues como su autor admite hay muchas historias aún por contar de la modernidad republicana española. Y José Antonio Fortes está dispuesto a hacerlo. Sin tapujos, sin pelos en la lengua, como la Historia se merece.

viernes, 1 de noviembre de 2019

Biblioteca de Rescate 2: Las siete cucas de Eugenio Noel

La historia literaria suele estar llena de autores olvidados por razones maliciosas y también por propia desidia, desinterés o voluntad deliberada. Es posible que en el caso de Eugenio Noel (1885-1936) comparecieran las dos circunstancias. Es cierto que Noel (bautizado como Eugenio Muñoz Díaz) es quizá el más auténtico, audaz, deslenguado y verdaderamente castellano del 98, esa Generación compuesta por autores que quisieron hacer de España su tema sin conocerla demasiado bien, quedándose a menudo en una plácida espiritualidad, en una cómoda "esencia" que no cuestionaba en realidad nada. A diferencia de ellos, Noel fustigó con denuedo las ranciedad de las costumbres, la glorificación de lo rural, la corrupción eclesiástica, los vicios de los grandes terratenientes, las miserables razones del colonialismo español y, en general, la perversión de los mitos nacionales. Tal vez por eso se le haya olvidado, porque dio demasiado fuerte y donde más duele. España jamás perdona a un desafecto (véase Larra), de manera que nuestro autor permanece en nuestra historia literaria de una manera más bien subterránea sino submarina, de tantas veces como ha querido ahogársele. Pero también es cierto que él no hizo tampoco demasiado por resistirse al naufragio: bohemio y alcohólico, antimonárquico y ácrata, Noel arrastra su premonitoria melena y su pobreza por los más infames tugurios de Madrid, escribiendo en servilletas y cintas de sombreros. Publica mucho, y a veces con éxito, en colecciones menores, de quiosco, escribe hasta la extenuación en la prensa obrera y funda revistas sin futuro. Vive en precario. Malbarata su talento y su descomunal cultura. No tiene método ni le interesa. Aprende en África, en Nador, las lecciones del hundimiento colonial (ningún miembro del "98" oficial lo hizo) y critica duramente en prensa al estamento militar y castrense. Viaja por toda España dando informales conferencias contra los toros, el flamenquismo y el folcklore como tapadera de la inmundicia nacional. Desprecia el boato eclesiástico sin pelos en la lengua. Se enemista con las fuerzas vivas del país. Conoce a muchos escritores pero se niega a formar parte del "mundo literario". Es un "outsider" y ejerce de ello. Quiere despiezar la historia de España y no formar parte de su panteón de ilustres. Pero ninguna lectura interesada ni capciosa o malévola y ni siquiera el propio desdén del autor puede evitar que Las siete Cucas (1927), la única novela larga que escribió, sea una de las mejores novelas españolas del s. XX. La muy negra historia de las seis hijas y la mujer del Cuco, a las que las que la ruindad mezquina de un pueblo castellano arrastra a la prostitución, es todo un prodigio: de lenguaje (Noel es un autor cultísimo y alambicado, con igual conocimiento del lenguaje popular y del selecto, y con propensión a las digresiones culturales, como la impagable reflexión sobre las mujeres del Quijote que el padre Higuea hace a su Sacristán al comienzo del libro); de estructura (con un ineluctable aire de tragedia griega mezclada con picaresca y barroquismo) y de penetración psicológica (los entresijos de la mentalidad castellana, la hipocresía religiosa, las leyendas rurales, la miseria moral de los señores, el seguidismo ovejuno del pueblo...). Personajes como el tío Varetas, el corrupto alcalde; la Eladia, pitonisa oficial del pueblo, que lo "ve" todo en un barreño de agua sucia; Colás, el aprovechado pordiosero; la Catala y la Cheira, celestinas además de prestamistas y metomentodos oficiles del pueblo; así como las muy interesantes ricachonas y otros figurantes que merodean por la novela, le dan un inconfundible sabor a España profunda, de raíz feudal y destino catastrófico. Pero siendo obra que entronca directamente con los romances de ciego, Las Siete Cucas es también una novela muy contemporánea, muy "me too", en la que unas mujeres empoderadas urden una terrible venganza contra los rijosos señores para los que habían trabajado, contra las hipócritas señoras que las habían despreciado, contra el burdo entramado eclesiástico que las había condenado, contra el poder económico que las había sojuzgado; en definitiva contra todo un país, España, que vegetaba en anacrónicas glorias pasadas, sustentado en cínicos criterios morales, incapaz de adaptarse al mundo moderno. Noel, que era hijo de un pastor de Almendralejo y de una criada de la servidumbre de una condesa, sabía bien de lo que hablaba.

BIBLIOTECA DE RESCATE 2
Las Siete Cucas es el segundo título de la Biblioteca de Rescate y ya está disponible para los más atrevidos lectores de La Torre en los estantes de la del IES Arjé.

lunes, 29 de abril de 2019

Los Singer


El primer contacto con la familia Singer lo tuve con el tercero de los hermanos, Isaac Bashevis, gracias a la colección de la Editorial Plaza & Janés sobre los premios Nobel de Literatura en edición de 1987 que disponía en la biblioteca paterna. Singer aparece en el tomo xvi junto a Neruda, Milosz y Canetti, y la obra escogida, Satán en Goray, fue su opera prima, publicada en 1936, el mismo año que su hermana Esther publica La danza de los demonios y su hermano Israel publica en Nueva York, Los hemanos Ashkenazi. Curiosa o asombrosa coincidencia. La concesión del Nobel en 1978 a Isaac B., tras el premio a Aleixandre, es un agradecimiento que hay que hacerle a la Academia Sueca por haber permitido que su obra fuera traducida en su totalidad a nuestra lengua. Satán en Goray, me llevó al resto de la obra literaria de Isaac Bashevis y fui disfrutando y comprobando cómo se inspiró en su propio mundo, el de los guetos judíos centroeuropeos y el de los exiliados en Estados Unidos, a la hora de escribir sus cuentos y novelas, que reflejan un mundo que dejó de existir y la descomposición del pueblo judío que se debate entre la tradición y la modernidad. Su obra está escrita en yídish, la lengua de los judíos askenazíes establecidos en Europa central y los países del Báltico. Este rasgo fue destacado también por la Academia Sueca al poner de manifiesto que lengua y nacionalidad no son sinónimos. Aunque nació en el pueblo polaco de Radzymin en 1904 – parece ser que nació en 1902 y que falsificó la fecha para librarse del servicio militar-, nunca empleó el polaco como lengua literaria, ni tampoco el inglés cuando consiguió la nacionalidad estadounidense. De esta manera, y con las maravillosas traducciones del yídish original realizadas por Rhoda Enelde y Jacob Abecasis, fui devorando tal como las iba consiguiendo obras como La familia Moskat, El esclavo, Shosha, Escoria, La casa de Jampol, Krochmalna nº 10, Sombras sobre el Hudson, todos sus relatos entre los que destaco por ser antológicos, “Un amigo de Kafka” y “El Spinoza de la calle Market”, hasta que llegué a su autobiografía, Amor y exilio, con la que tuve conocimiento del resto de la familia Singer. La obra arroja, desde la primera hasta la última página, luz sobre la vida de Isaac Bashevis y su familia, y abarca desde el final de la Primera Guerra Mundial hasta el Nueva York de los años treinta y cuarenta, adonde emigra en 1935 ayudado por su hermano Israel, cuando comenzó a vislumbrar el peligro real del nazismo al contemplar en primera persona el creciente antisemitismo en forma de progromos. El padre, Pinjas Mendel Singer, hijo y nieto de varias generaciones de rabinos jasidim, fue un hombre de corazón más que de cerebro. Confiaba en las personas, y su ingenua fe en Dios, nunca cuestionada, en la Torá y en los grandes hombres santos, no conocía límites. Esta enseñanza se la inculcó a su hijos, de los que solo el pequeño Moshe, siguió sus pasos. La familia se trasladó en 1908 a un humilde piso de la calle Krochmalna de Varsovia, en un entorno donde no faltaban el hampa y la prostitución, y que tuvo una incidencia decisiva en la trayectoria que en los años siguientes habría de seguir cada uno de sus hijos. Israel, tras acaloradas discusiones con su padre, se despegó por completo de la tradición religiosa y huyó del ámbito familiar, primero para encontrar acogida en el estudio de un pintor, y más adelante para incorporarse al periodismo y a los círculos literarios de la capital. Emigra finalmente a los Estados Unidos en 1934, donde publicaría la ya mencionada Los hermanos Ashkenazi y la magistral La familia Karnowsky. Murió con tan solo 51 años de un ataque al corazón en Nueva York. Isaac, menos rebelde que su hermano mayor, mientras estudiaba en la yeshive, absorbió de él su interés por la literatura y sus conocimientos, y aprovechó esos años infantiles para escuchar y grabar en su memoria las jugosas historias y enredos judiciales, envueltos en ingenua fe religiosa y supersticiones, a los que asistía oculto tras la puerta del despacho rabínico de su padre. Años más tarde los trasladaría a su obra literaria. En cuanto a Esther, dotada de una gran inteligencia y con aspiraciones intelectuales que se vieron frustradas sobre todo por ser mujer en el seno de una familia jasidim, su vida tuvo un súbito desenlace: sus padres aceptaron la propuesta de un rico predicador que buscaba una muchacha de familia judía devota para esposarla con su hijo, residente en Amberes, donde trabajaba como tallador de diamantes. En pocos meses, y sin conocerse, los padres acordaron el enlace y lo celebraron en Berlín. Esta descabellada idea, si al principio produjo el rechazo de Esther, enseguida se tornó a sus ojos en una luz de esperanza para un cambio en su vida y que con el tiempo fue lo que la libró de los campos de exterminio nazis, en los que murieron la madre y el menor de los hermanos. Isaac Bashevis se inspiraría en su hermana para crear la figura de Yentl en su obra homónima, en la que se basó la película de Barbra Streisand. Para su hermano, Esther Kreitman era una estupenda escritora y prueba de ello es su novela La danza de los demonios, todo un acierto al contar la infancia con ojos de niña y la madurez con ojos de adulta.

Se trata sin duda, de una familia de grandes fabuladores y si destaca Isaac B. es por su dilatada vida que le llevó a escribir tantos libros que ni él mismo los tenía contabilizados; se calcula que no deben andar muy lejos del centenar. La muerte prematura de Israel y el ser mujer judía en el siglo xx de Esther impidieron enriquecer el legado de la familia, que, por cierto, el apellido original en yidis es Zinger, y ellos lo transformaron en Singer.
 (Por el Dr. Montero)

viernes, 4 de enero de 2019

Setenta veces negro

Alejandro Dumas no sería nada sin sus "negros" literarios, como Maquet
No deja de resultar una paradoja con cierta justicia poética que el primer "negro literario" (esto es: el esclavo de la literatura, que escribe sin descanso para que otro ponga su nombre en la portada) del que se tiene noticia fuera en realidad el parisino Auguste Maquet, escritor  color blanco nuclear que trabajó a destajo para el muy afortunado negro haitiano Alejandro Dumas. Y es curioso sobre todo porque el muy dignísimo oficio de "negro de la literatura" (en el que han ejercido, sin ir más lejos, personalidades como Shakespeare, que escribió para Marlowe, o todo un Nobel como Vargas Llosa, que puso su pluma juvenil al servicio de cierta dama de la jet set peruana) no hace sino encubrir la triste condición casi colonial con la que la literatura ha afrontado la cuestión de la raza, en la que, por lo general, a los escritores negros les ha correspondido un futuro de similar cromatismo, muy a menudo al margen de sus méritos en el noble oficio de edificar con palabras.
Este año que el IES Arjé afronta el reto de la diversidad en su programación cultural, queremos dejar constancia también en la Torre de tan lamentable prejuicio racista. La primera víctima del mismo es, indiscutiblemente, el dramaturgo cartaginés de ascendencia bereber, Terencio (Publio Terencio Afro, por cierto, para que no quedaran dudas), autor de exquisitas comedias en la Roma del siglo II a. C, como Los Adelfos o la muy psicológica El atormentador de sí mismo, pero que tuvo que ver cómo la fama se la llevaba Plauto, autor bastante más vulgar pero perfectamente blanco. Prejuicio muy similar al que hubo de afrontar Juan Ruiz de Alarcón, otro dramaturgo sofisticado y oscuro y con frecuencia esquivado porque tuvo la desgracia de ser mulato en el nuevo mundo del s. XVII, descendiente de nobles y esclavas, como tantos en aquel tiempo. En su caso acaso se vengó con terribles dramas como La verdad sospechosa o La crueldad por el honor, pero para la historia es un segundón, lo cual hace aún más sospechosa la verdad por cierto.
Pero ha sido en el siglo XX y en EEUU donde se han cometido las mayores tropelías racistas en la literatura. Algo que no extraña nada en un país que ante la más excelsa expresión negra de la música moderna, el jazz, presentaba con abochornantes honores como rey del jazz en los años 30 a Paul Whiteman, cuyo apellido era una declaración de principios pero su música de una mediocridad lamentable. Con todo, al público, de cualquier color, no se la daban con liebre y ya había decidido que el verdadero rey era Duke Ellington, negro como el tizón.
Otro negro ilustre: Nicolás Guillén

El prejuicio racial probablemente haya influido en el hecho de que el enorme poeta Langston Hughes (Blues) no perteneciera, como le corresponde por derecho, a la Generación Perdida norteamericana, un nutrido grupo de extraordinarios escritores... blancos. Hughes, que fue botones de hotel, estuvo en la Guerra Civil española como corresponsal, fue amigo de Rafael Alberti, perteneció a la Alianza de Escritores Antifascistas y es fundador de lo que se ha venido a conocer como "Renacimiento de Harlem", al menos no tuvo que padecer el doble prejuicio, racial y de género, que sí sufrieron sus compañeras de generación como Zora Neale Hurston (Sus ojos miraban a Dios) o, algo después, Alice Walker (El color púrpura), extraordinarias novelistas ambas muy tardíamente reconocidas. Los años 60 fueron pródigos en la reivindicación racial en Norteamérica, hartos los afroamericanos de postergación e injusticias y fenómenos como el blackpower, el blackploitaxion o los panteras negras son muestras de aquel tiempo, al igual que la obra del poeta, músico y maestro fundador de la poetry slam Gil Scott-Heron (La revolución no será televisada), o el escritor y activista homosexual James Baldwin (Ve y dilo en la montaña), reivindicado en el documental de 2016 I´m not your negro. No obstante, el renacimiento racial en realidad tardó en llegar y la concesión del Nobel de Literatura en 1993 a Toni Morrison (La canción de Salomon), sólo en parte venía a reparar esta afrenta.
Las cosas parecen haber sido mejores, desde luego, en la América de habla hispana, donde el poeta nicaragüense Rubén Darío es toda una institución sin haber dejado de reivindicar nunca sus raíces indígenas ("las ínclitas razas ubérrimas") a la vez que la modernidad lírica (Azul). En definitiva un negro influyente que al parecer a veces llegó a tener su propio "negro" (el sevillano Alejandro Sawa, escritor maldito donde los haya y de muy negra suerte, aunque su piel fuera clara).  Y eso por no hablar del peruano César Vallejo (Trilce), otro heraldo negro e indígena que se arrastró por París y deambuló por la guerra de España mientras reinventaba la lengua española contorsionándola hasta cimas aún no superadas, como reconocieron sus contemporáneos. Y era negro, sí señor, como Nicolás Guillén (Sóngoro Cososngo), negro zumbón de Camagüey, primer poeta comunista caribeño y fundador de lo afrocubano, además de etnólogo y folcklorista autor de algunas de los más memorables sones en el nuestro o en cualquier otro idioma.
Chimanda Adichie, autora de Americanah
Es posible que, gracias a algunos de estos precedentes, se puedan mirar las obras del dominicano Junot Díaz (La maravillosa vida breve de Óscar Wao), del colombiano Óscar Collazos (Señor Sombra), o de la jovencísima nigeriana Chimanda Adichie (Americanah), todas ellas internacionalmente premiadas, atendiendo a sus méritos artísticos y no solamente al color de sus caras. Vale

domingo, 28 de enero de 2018

Los Baroja


               Me comenta el bibliotecario mayor del reino que las dimensiones de la torre podrían incrementarse hiperbólicamente si incluyéramos en ella un espacio para familias literarias, sagas históricas en el mundo de las palabras, como los Mann, los Singer, los Goytisolo, o los Panero. Familias que, de un modo u otro hacen bueno aquello con lo que Tolstoi comenzó su Guerra y Paz: “Todas las familias felices se parecen; las infelices lo son cada una a su manera”.
Y no se me ocurre una inauguración mejor para esta serie que los Baroja, familia disfuncional donde las haya, de cierta excentricidad y carácter algo difícil, unos por timidez y otros por estilo, como dijo de ella su mejor cronista, Julio Caro Baroja, el último mohicano de aquella saga. Y lo es sobre todo porque los Baroja, viviendo al margen de España, por falta de acomodo físico incluso con la gente, eran a su manera españolísimos, desde su bisabuelo Rafael Baroja, aguerrido periodista afrancesado, que fundó en el País Vasco La papeleta de Oyarzun durante la guerra de la independencia y que fue liberal en medio de un país de absolutistas. Ganas de llevar la contraria…
El padre de los Baroja, Serafín, fue un itinerante ingeniero de minas, de muchos y muy sonoros apellidos vascos, que vino a matrimoniar con la italianísima Carmen Nessi, de rica familia de navegantes lombardos.  Tuvieron tres hijos: Darío (que murió adolescente, de tisis), Ricardo y Pío. Dieciséis años después nacería, al fin, la niña, Carmen, que acabaría casándose con un primoroso editor, Rafael Caro Raggio. Durante sus infancias, siguiendo los destinos de su padre,  peregrinaron entre San Sebastián, Bilbao, Madrid y Pamplona, donde el abuelo materno poseía una casa de Pensión barata, cuyos huéspedes acabaron nutriendo el imaginario de muchas de las novelas de Pío. Los veranos, eso sí, los pasaban en Vera de Bidasoa, en Itzea, donde adquirieron una casona que acabó convirtiéndose en emblema familiar.
El único que estudió algo, y aún a desgana, fue Pío (1872-1956), que acabó medicina en Madrid y llegó a ejercer algún tiempo en Cestona (Guipuzcoa), donde cogió mala fama de médico pesimista y cansino, además de antipático a más no poder. Desengañado de la profesión volvió a Madrid, donde su hermano Ricardo se había hecho cargo de una panadería “Viena Capellanes”, y aunque nunca trabajó allí, el negocio familiar dio para algunas bromas: “Don Pío es un novelista de mucha miga”, llegó a decir Rubén Darío. “Darío es un escritor de mucha pluma; se nota que es indio”, le repuso Baroja, malencarado. Como escritor Pío dio lugar a un adjetivo, “barojiano”, que viene a denominar todo lo que era “hipster” a principios del siglo pasado. Costumbrista, desaliñado, episódico, más dotado para la estampa que para el cuadro o el retablo, Pío fue prolífico y repetitivo, y quizá por su desapego por todo, incluso por lo importante, gozó de éxito y nombradía. Como todo le desagradaba, incluso la democracia, simpatizó con las dictaduras, primero la de Primo de Rivera, que mandó al exilio a Unamuno, y luego por la de Franco, de la que huyeron muchos de sus discípulos. La aparición de Comunistas, judíos y demás ralea (1938) no deja lugar a duda al respecto. Durante la posguerra, permaneció sobre todo en Vera,  en su casona, poniendo de moda la boina y las zapatillas de cuadros para andar por casa. La modernidad de lo rancio. Lo mejor de su obra, ya nadie puede dudarlo, son las novelas de aventuras juveniles, como Zalacaín o las Inquietudes de Shanti Andía, cuyos protagonistas derrochaban un entusiasmo por la vida que, en cambio, su autor racaneaba. De su obra mayor yo sólo salvaría La Busca, primera de la trilogía “La lucha por la vida”, muy influida, no obstante por la de Jules Vallès.

Las relaciones con su hermano no fueron mucho más fluidas que con las del resto de congéneres, aunque en este caso quizá influya el hecho de que, en cierto modo, Ricardo Baroja (1871-1953) sí fue el hombre de acción que Pío nunca pudo ser. Hermano tarambana de la familia y libertario mucho más allá de lo espiritual, Ricardo fue panadero, mozo en la fonda de su abuelo, bibliotecario, archivero, músico de calle, actor, ilustrador y tertuliano. Amante de emociones fuertes (perdió el ojo en una carrera de automóviles y ya siempre lució un parche) y un si es no es de subversivo (participó activamente en la Revolución de Jaca, como contó en el muy divertido Arte, cine y ametralladora), Ricardo fue amigo de Azaña, fundó la Asociación de Amigos de la Unión Soviética y fue el mejor pintor de nuestra Guerra Civil (casi 60 óleos bélicos). Como pintor, sobre todo por sus aguafuertes, muy en la línea del Goya expresionista, recibió la medalla de Oro de Bellas Artes, pero fue también escritor de mérito, con obras como Gente del 98 (donde analiza un tiempo en el que fue muy fácil nadar y guardar la ropa) y la desconocidísima y genial distopía humorística El pedigrée, irónica obra teatral sobre los peligros de la eugenesia y la creación de razas superiores, que en 1926 se anticipó tanto a la literatura como a la Historia. Por último conviene indicar que, pese a que las relaciones de Ricardo con su hermano Pío no fueron de lo más fetén, fue ilustrador y portadista de toda su obra literaria en la editorial Caro Raggio, propiedad de su cuñado, persuadida tal vez toda la familia de que si había un hueco en la Historia para algún Baroja, sin duda debía ocuparlo Pío.
Y sin embargo había Barojas para rato. La hermana Carmen, que fue la princesa de los Baroja, y también ocasional escritora, dio a luz a los dos infantes. El mayor, Julio Caro Baroja (1914-1995), criado a los pechos de su tío Pío, acabó siendo albacea y cronista familiar (Los Baroja aún desprende aroma de un tiempo ido), y acumulando los títulos y cátedras que sus tíos  nunca tuvieron, ganándose fama de sabio con títulos como Las brujas y su mundo, sobre la inquisición o Los judíos en la España moderna y contemporánea, de los que habló sin duda con más respeto que su tío el novelista. Por su parte Pío Caro Baroja (1928-2015), el benjamín de la saga, siguió más los pasos de Ricardo, eligiendo una vida menos quietista y académica que la de su hermano, y entregándose al cine como documentalista, guionista y hasta director, aunque incapaz de olvidar el legado familiar, pues convirtió en imágenes algunas obras de su tío como El mayorazgo de Labraz o La última vuelta del camino, que, en su caso, parece haber sido de ida y vuelta.


lunes, 29 de mayo de 2017

La Taberna de Emilè Zolá


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Pocas veces un puñetazo de vida golpea tan fuertemente la literatura como en La Taberna, la más impresionante de las novelas de Zolá, la más desnuda. Y lo cierto es que en ella no hay grandes amores (más bien pequeños y mediocres), ni crímenes, ni misterios, ni grandes acontecimientos históricos. En verdad, lo más notable de La Taberna es que no pasa realmente nada: la bajada de los salarios, los despidos, el alquiler, los préstamos, los desahucios, los problemas con los hijos adolescentes, los rifirrafes con el vecino, la obesidad, la alopecia… En fin, nada que no pase todos los días, en 1877 y en 2017. La vida en toda su crudeza, sin componendas ni concesiones, sin lirismos, sin buscar la épica vacua de la vida cotidiana. Veinte años en la vida de una mujer, Gervaise Macquart, que no es ni una heroína ni es nada, que es descarada y un pelín chuleta, pero buena gente… a veces, que es vocinglera y dulce, que es afortunada y gafe, trabajadora y holgazana, entregada a sus hijos y ruin con ellos, amorosa y despreciable, que es guapa y se vuelve fea, que es delgada y acaba gorda. Nada. Absolutamente nada. Sólo la vida, con sus contradicciones. Se ha hablado de que es una novela sobre el pueblo, sobre el alcoholismo o la pobreza, que Zolà es mecanicista y simplón. Nada de eso es cierto: La Taberna es la vida, sin más y sin menos, sin adornos y sin literatura. Y sin embargo, Gervaise es uno de los más grandes personajes literarios que puedas echarte a la cara, y las desventuras de su vida van a cambiar la tuya. Seguro.
Leyendo La Taberna uno entiende muchas cosas: cómo la miseria engendra vagancia y molicie, cómo la falta de recursos intensifica, aunque parezca incomprensible, los lujos superfluos; cómo la desgracia ajena enciende el morbo; dónde acaban los abrazos que no se dan. Se entiende mejor a los borrachos, a los cobardes, a los egoístas, a los cínicos. No se los quiere… pero se los entiende más. Pocos personajes de La Taberna se hacen de querer, todos están llenos de defectos, pero a todos te los puedes encontrar por la calle. De muy pocos libros puede uno decir esto: sólo de los mejores.
La de Gervaise es la séptima de las novelas de la serie de Los Rougon-Macquart, en la que Zolà emprendió el relato de la “intrahistoria” de Francia durante el II Imperio (el de Napoleón III, de 1850 a 1870), a través de la historia de una misma familia, con todos sus hijos, primos, cuñados, sobrinos, etc. Fue la más popular de las veinte, prueba de que los lectores de entonces no se dejaban engañar. Está llena de escenas memorables, como la pelea inicial en el lavadero, la boda de Gervaise con visita al Louvre incluida, la muerte de mamá Coupeau, o la ronda final de Gervaise por los boulevares periféricos mirando su sombra. Tiene un plantel de secundarios formidable, como el culto señor Madinier, la señora Lerat, el comilón Mes-Bottes, la señora Boche la portera, o el sepulturero Bazouge, personajes cualquiera a cuyo alrededor París se destruye y se reconstruye mientras la Historia de Francia y del mundo avanza no sabemos muy bien hacia dónde.  Otra cosa que hace grande La Taberna es que te deja con ganas de más, pero Zolà, amplificando y llevando a su culminación un procedimiento inventado por Balzac, no deja de recuperar sus personajes, inventando el ‘spin off’ y aumentando la sensación de realidad. En El vientre de París, por ejemplo, la protagonista es la hermanastra de Gervaise, Lisa, que pone una carnicería en Les Halles; en Germinal reaparece Ettiene, el hijo mediano de Gervaise y Lantier, y en Naná la protagonista es su hija pequeña cuyas andanzas comienzan en La Taberna. El olvidado hijo mayor de Gervaise, reconvertido en pintor, va a protagonizar La obra, una de las últimas de las serie.  Bazouge, Mes-Bottes o la planchadora Clemence reaparecen una y otra vez en distintas novelas de la serie.
En un tiempo en el que se ha querido ocultar la verdad debajo de la alfombra, sacándola de la literatura, para vendernos un mundo rosáceo, lleno de gaviotas y finales felices, Zolà era un incordio y se le ha increpado y marginado, a él y al Naturalismo, pero no cabe duda: es uno de los grandes. Sin forzar la nota, contó la verdadera historia de Francia, sus barrios, sus clases sociales y sus conflictos. Lo real, la vida misma: naturalismo es naturalidad. 

miércoles, 26 de abril de 2017

DISPARATES DE CLASE Y EXÁMENES DE CIENCIAS



    El disparate escolar, tanto en clase como en un examen, es un clásico. Podemos catalogarlo de ingenio e ingenuidad en estado puro.  Ni la ley General de Educación de 1970 (EGB y BUP), ni la LOGSE, ni la LOMCE,…, ninguna ley ha podido acabar con el disparate. A los profesores, a veces, se nos escapan grandes carcajadas al corregir un examen. Pero bien es verdad que muy pocas personas podrán decir que ellos nunca soltaron un disparate. Según el diario Ideal, no hace mucho, el juez Calatayud pidió a través de su blog y su página de Facebook algunas sugerencias. La cosecha fue excelente, haciendo él su propia aportación. En cierta ocasión le pidieron conjugar el verbo abolir y respondió: “yo abuelo, tu abuelo,…”
    Bueno, pues aquí van algunos de mis clases y exámenes (incluyendo las faltas ortográficas). Espero que nadie se moleste si ve el suyo: pensemos que sólo intento aportar un punto de humor al trabajo de la enseñanza.
    Empecé a dar clases en colegios concertados católicos. Cada vez que tenía que explicar los rayos catódicos les decía que tuviesen cuidado, que no eran católicos (como el colegio donde estaban), que se llaman así por proceder del cátodo. Ni por esas. Me llegaron a poner que en el tubo se podía ver un “as de rayos católicos”. ¡No sólo era católico, sino que era el as! No hace mucho me he dado cuenta que da igual que lo explique en un centro público (laico), ya que en el IES Arjé me han llegado a poner en un examen que es verdad que Thomson pudo observar a los Reyes Católicos en un tubo de descarga de gases.
    Aprobé las oposiciones y estuve en prácticas en un centro de Málaga capital. Tenía que empezar por explicar el tiro parabólico y como no sabía cómo andaban de matemáticas, pregunté en clase: ¿habéis dado las parábolas? Uno de los alumnos me dijo: “la del hijo pródigo”. Saqué dos conclusiones: aunque ya no estaba en un centro católico, mis alumnos sabían religión, y tenía que explicar el tiro parabólico desde el principio.
    Me pasé después 15 años en un instituto de Archidona. Empecé dando clases en FP, donde un alumno de la rama de electricidad, la primera vez que para indicar un ángulo utilicé la letra griega alfa, me paró y me preguntó: “¿qué es ese garabato kas posío ahí?” Le respondió su mejor amiga, que estaba sentada a su lado: “¡qué bruto, se dice ¿qué es ese garabato que has puesto ahí?”. O sea, que, aún corrigiendo la forma verbal, alfa seguía siendo un garabato. Otro compañero me echó la culpa de que en el taller se llevase un buen calambrazo, pues tocó un buen nudo de un circuito eléctrico porque yo le había explicado que según una de las leyes de Kirchhoff la suma de las intensidades en un nudo es 0. ¡Se olvidó de tener en cuenta los signos según entrase o saliese la corriente! No fueron pocos los que cuando llegaron, como novatada,  los mandamos por un cubo de voltios al colegio de enfrente y volvían con un gran cubo lleno de agua sucia que allí les daban. Algunos cursos fueron de excursión a Madrid a una feria de componentes electrónicos. Al volver me dijeron que uno había tenido algún problema con lo que yo les había explicado de la presión: el milibar. Ante mi cara de sorpresa, uno de ellos me dijo: “sí, Fulanito, que cuando se metió en la habitación del hotel no sabía que lo que había para beber en el milibar no era gratis”. Por lo visto, el mismo alumno, cuando el profesor que los llevaba en el metro les dijo que después irían a los stands, dijo que ahí no se montaba, que ya había tenido bastante con el metro. Hoy en día son grandes electricistas.
    Llegó la ESO y lo mismo. Un día en clase me dí cuenta de que, aunque muchos dominaban la Física y Química, no sabían mucho sobre científicos, ya que alguien me preguntó que si Pascal, el de la prensa hidráulica, tenía una empresa de productos lácteos, que había visto un camión cisterna con su leche. Por Dios, ¡Leche Pascual! Así que le pregunté a otro compañero que si sabía quién era Einstein y respondió, tras escuchar al chivato que tenía detrás, que era el perro de “Regreso al Futuro”. Riéndome le dije: “¡qué va, es el delantero centro del Real Madrid!”. Y me contestó que debería ser reserva, que el que más jugaba era Hugo Sánchez.
    En el Arjé también hemos conseguido una buena cosecha de disparates. Por ejemplo, en un examen puse una ecuación de segundo grado que no tenía solución. Estaba bastante claro, ya que llegaba un momento en que, al resolverla, aparecía una raíz cuadrada negativa. Cierta alumna me puso: “solución = sintax error”. Lo mejor del caso es que me vino a protestar. Decía que lo había comprobado de nuevo con la calculadora y seguía poniéndole lo mismo: “sintax error”. Otra alumna, en una pregunta que tenía que hallar el porcentaje de victorias del Barcelona en la Champions ese año (1 de 4 partidos), contestó: “da asco el Barcelona”. Me dio a entender que no era difícil, pero prefería perder el punto. Uno que nos hizo reír bastante a los profesores en las famosas pruebas de diagnóstico fue de un alumno que respondió que el canguro era uno de los animales en extinción en Andalucía. ¡Desde luego que no se habrá encontrado muchos en sus paseos por el campo! Otro día me encontré a un compañero corrigiendo en la sala de profesores, que, sonriente, me enseñó un examen con respuestas a cual mejor. Dos de ellas: ¿qué diferencia una meseta de una llanura? “muxas cosas”; ¿qué son los cabos y los golfos? “los cabos nose y los golfos son los que siempre están en la caye”. Todavía, cuando me encuentro a cierto antiguo alumno del Arjé, nos reímos cuando recordamos que en un examen me puso que “los reactivos son aquellas sustancias que provocan erepciones”. Aunque con p, ¿en qué estaría pensando? Quiso arreglarlo diciéndome que los había confundido con lo que soltaban los volcanes. ¡Qué fiera!
    Por último, una muestra de algunos que podemos encontrar en algunas webs:
    ¿Dónde se tocan las paralelas? “En el infinito, para que no las vean”



    Movimientos del corazón: "El corazón siempre está en movimiento, solo está parado en los cadáveres". Otro alumno respondió: "de rotación alrededor de sí mismo y de traslación alrededor del cuerpo".


    La piel: “Es un vestido sin el cual no resistiríamos los porrazos, es además un muro de contención para que no se nos salgan las carnes”


    Y aunque no sea de ciencias, quizás el del alumno más vacilón:
    Pregunta: comentar algo del dos de mayo. Respuesta: “¿de qué año?”